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Tuvalu/Ellice

 Septiembre de 1999

 Tuvalu es un diminuto archipiélago formado por nueve islitas, realmente atolones, y con una población total de ocho mil personas. Durante mi estancia tuve mi base en la mayor de ellas: Funafuti, la isla-capital. Ésta, tiene unos tres kilómetros de larga por unos 200 metros de ancha. En ella está situado el único aeropuerto del archipiélago, que ocupa la mitad del atolón. Al tener sólo dos vuelos a la semana con Fiyi, que se cubren con una vieja avioneta, la  pista de aterrizaje se ve surcada por peatones, ciclistas, motoristas y hasta alguna persona duerme sobre ella al estar más fresca la pista que su propia casa. Sorprendente, ¿verdad? Cuando va a llegar "el avión" tocan una sirena para que la gente la despeje.

 Fue  colonia británica hasta 1978, año en el que se independizaron, pero forman parte de la Commonwealth. La capital es VAIAKU y es el único pueblecito que hay en la isla o atolón de Funafuti, mencionado anteriormente. Por supuesto hablan el Tuvaluano y chapurrean, un poco, el inglés. Son muy religiosos y fervorosos seguidores de  las religiones protestantes fundamentalistas, como la metodista y los siete días de adviento. Como moneda emplean el dólar australiano. No obstante tienen algunas monedas de poco valor emitidas por ellos y de uso local. Sus recursos económicos son muy escasos pues con su agricultura (coco y copra) no pueden subsistir. Recurren a la venta de autorizaciones para pescar en sus aguas, como una forma de financiarse. También venden sus sellos, que tienen bastante valor entre los coleccionistas por tratarse de un país desconocido y lejano. Otra pequeña fuente de ingresos está en los marineros de estos atolones: trabajan embarcados en compañías navieras extranjeras y recorren el mundo mandando a sus familias el dinero de la paga, lo que supone una entrada de divisas para el país. Se ha de importar prácticamente todo. Como las islas  están unos dos metros, como máximo, por encima del agua del mar, no tienen aguas subterráneas que puedan utilizar para la agricultura y usos personales, creándoseles un gran problema. Hablé con el alcalde del atolón sugiriéndole algunas alternativas. Me invitó a que volviera y pasara unos días allí, pagados por el ayuntamiento, y estudiara soluciones. Que hiciera un proyecto y que me lo pagarían con sellos. Al parecer los sellos los podría “vender bien” en Europa. Le dije que lo pensaría. La isla no tiene más allá de 1.500 personas.

 A mi hotelito, único en la isla capital, y más concretamente al restaurante o bar, acudían frecuentemente los miembros del gobierno. Con ellos charlaba y les exponía, como posible solución a su escasez de agua, hacer una recogida de las  lluvias caídas sobre la pista de aterrizaje. En fin, conversábamos.

 No hay más que un banco y, cuando digo un banco, quiero decir un banco y una sola oficina. En ella trabajan solamente mujeres. Los hombres, por estos pagos, son un poco irresponsables y los pocos responsables están  embarcados. Como caso curioso, delante de mi hotelito (que fue pagado por Taiwán a cambio de que les reconocieran como país independiente de China), están haciendo una casita. El albañil tiene allí su guitarra y cuando descansa un poco toma la guitarra, toca y canta.

 Estos atolones sólo están comunicados con Fiyi, no tienen vuelo a ningún otro país, por lo que yo estaba obligado a volar desde allí. La compañía aérea en cuestión, llamada Air Fiji hacía unas semanas que había estrellado una de sus dos únicas avionetas y habían muerto sus 17 ocupantes; entre ellos: importantes personajes que formaban parte de una delegación australiana. A España nos llegó la noticia. La avioneta  estrellada fue sustituida por otra vieja, que compraron, y aquí se acabó la historia. El caso es que todo el mundo estaba muy mosqueado y no querían tomar los aviones de Air Fiji. Los de la compañía me dijeron: “no se preocupe que usted volará en la avioneta nueva”. Después averigüé que no era “avioneta nueva” (pues era viejísima) sino “nueva avioneta”, ya que la acababan de comprar. El inglés no distingue entre una cosa y otra en una primera lectura. Total que llegué a estas islas sano y salvo después de dos horas de bamboleos ininterrumpidos.

 La vegetación que hay por los atolones es siempre la misma: palmeras cocoteras, árboles del pan y manglares. La población es polinesia, del estilo de los samoanos y los tonganos. La superficie total de todas las islas es de 25 kilómetros cuadrados, algo así como un cuadrado de 5x5 Km. Las gentes son hospitalarias, felices y amables. Siempre están riendo y bromeando. Su nivel de felicidad parece alto, a pesar de sus necesidades. Todos quieren que les hagas fotos o que pasees con ellos. Hay que tener en cuenta que, al menos esta semana, soy el único turista que tienen y, por otra parte, yo me comporto extrovertido y simpático con ellos, lo que saben apreciar con sus atenciones. Por ejemplo, la mujer que limpia las habitaciones me llena la habitación y el baño de flores preciosas y muy olorosas. También me ponen flores en la mesa en la que como y hacen comida especial para mí. Son un encanto. Siempre se  ríen de las cosas que hago  y de las bromas que les gasto. No hay una sola persona que no me salude al pasar, me sonría o me diga algo.

 La vegetación del atolón me recuerda mucho a Majuro, el atolón-capital de las Marshall. También se ven flamboyanes con flores, frangipanis, etc.

 Entre los pescados que tienen, el mejor de todos es el atún blanco: excelente, parece que estás comiendo otro pescado distinto al atún nuestro; deliciosos bonitos, pargos, besugos, etc., y una langosta que es no tan buena como la nuestra.

 Los días que estuve aquí era conocido por todas partes: ayuntamiento, supermercado, almacén de sellos, hotel, correos, gobierno, etc. Me llamaban el Spanish. En el hotel, la administradora o directora era una señora divorciada. Yo les decía a las camareras que me trataran bien porque iba a casarme con su directora. Todas se destornillaban de risa.

 Como todo debe ser importado, salvo los cocos, el pescado y los sellos, las cosas resultan muy caras para esta gente: agua mineral, latas de conserva, zapatos, etc. En lugar de comprar agua lo que hacen es hervir la suya y en lugar de comprar zapatos van descalzos o llevan chanclas.

 Hay mosquitos por todas partes. Las salamanquesas son tan respetadas aquí, por comerse los malditos mosquitos, que bajan de los techos y caminan por las paredes a media altura y sin temor a que las maten.

 Como medio de transporte utilizan mucho la bicicleta y la motocicleta. No hay coches salvo los oficiales, que son poquísimos. No es que haya sólo un banco, no, es que hay también: una sola tienda, una sola calle, una sola iglesia... pero ni una sola televisión en todo el país. Casi todas las casitas, por pobres que sean, dan al mar: unas a un lado de la isla y otras a otro (hay que tener en cuenta que el ancho máximo es de 200 m.). Muchas veces he ido caminando teniendo el agua a ambas partes del camino. Es un placer poder contemplar la bellísima laguna con sus corales y las islas que el propio atolón tiene en ella. La belleza está siempre a sotavento. El camino, el único del atolón, comienza en un extremo y acaba en el otro. No hay ningún edificio de pisos. Todo son casitas de una planta con un poco de huerto o jardín. Cuando quería fotografiar el mar, no me quedaba más remedio que pasar por sus solares y sus casas. Ellos, muy amablemente, me invitaban a que lo hiciera y que tomara fotos también de su familia y de su casa. Gente realmente maravillosa. Asistí a la confección de guirnaldas, que preparaba un grupo de mujeres, para una celebración que iba a tener lugar en unos días. Mientras las hacían, cantaban antiguas canciones polinesias.

 El deporte favorito de estas gentes es el Balonvolea o Voleibol, que no necesita el espacio del campo de fútbol. Juegan con mucha frecuencia y me encantaba verles jugar: siempre se ríen de todo, hasta de ellos mismos. Parece como si cuando la población de un país cubre sus necesidades más imprescindibles: médico, escuela, comida, etc., tuvieran un nivel más alto de felicidad que cuando hacen horas extras y se estresan para, simplemente, cambiar de coche.

 Algo curioso hizo que este pobre país doblara o triplicara su renta: TUVALU, como nación, fue identificada por las autoridades de Internet como TV. He aquí que ellos no tienen línea de Internet, no tienen ordenadores, nada… Así que apareció una cadena de televisión canadiense y le compró “.TV” abonándoles por la concesión una cantidad anual considerable.

 Las mujeres se bañan vestidas a pesar de las largas ropas que llevan: algo “puritano” y común a otros polinesios, como los samoanos. Parece mentira que tras haber traído el hombre blanco  la palabra de Dios ahora sean estos países los encargados de continuarla, ya que los blancos parecemos estar olvidándola.

 Todo el mundo lleva flores: en la cabeza, en el cuello, en las orejas... etc. Los niños no tienen ni un sólo juguete. Ni uno. Deben de ser caros al tener que ser importados. Así, por ejemplo: un palo hace de fusil, y al pasar te disparan con él. Como no hay, apenas, calzado entonces no hay cajas de cartón con las que los niños harían carros o coches. Como caso curioso, en el supermercado se paga por la bolsa de plástico.

 Se ven chicas jóvenes muy guapas aunque, todas ellas, gorditas, con unas caderas y unos culos respetables, pero con caras preciosas: muy polinesias. Aquí todo el mundo es polinesio y se les ve con un cierto orgullo de raza. No he observado promiscuidad alguna. Son cristianos a la antigua usanza. Nadie mendiga, ni nadie te pide dinero. La gente es extremadamente honesta. Siendo tan pobres, todo esto tiene mucho mérito. Los solteros y solteras suelen llevar la flor en la oreja izquierda. Los casados en la derecha.

 Lo que más me gustó de las islas fue la preciosa laguna azul turquesa y verde esmeralda. La belleza que aporta una laguna a un atolón es insustituible. Un atolón tiene siempre belleza. Al parecer una pareja de periodistas españoles: Juan y Elena Arrozola pasaron unos días por aquí. No pude verlos.

 Pues bien, conseguí regresar vivo a Fiyi y poder, así, continuar mi viaje a las islas Gilbert, en Kiribati. Mi avión salió de Tuvalu con retraso y, éste, fue debido a que el piloto del avión tuvo que llevar a la gente del pueblo a darles una vuelta pues se lo había prometido hacía tiempo…creo que me entristecí al dejar este diminuto país.

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