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Suiza 99

 En un principio no era mi intención incluir en “sabinoelviajero.com” los pequeños viajes hechos por España y por los países europeos más conocidos dado que estos están a la altura de cualquier viajero. Me decidió, el hecho de pensar que alguna fotografía pudiera ser un documento de interés para algún seguidor de la web. 

 Nota.-Viaje realizado conjuntamente por Suiza y Austria

 Julio de 1999

 Llegué a Zúrich en un maravilloso y soleado día, en cuyo aeropuerto alquilé un Golf 1,6 L. para el viaje. Conduje en dirección a Liechtenstein, deteniéndome a pasar la noche en Sargans. Recuerdo que aquí cené la más horrible de las pizzas que jamás pude imaginar.

 Por la mañana, y con un día soleado, visité el "mini-país" y su cuidada capital Vaduz y entré en Austria a través del turístico pueblecito de Feldkirch, el cual visité antes de tomar la carretera hasta Innsbruck. En esta capital del Tirol recorrí su barrio antiguo disfrutando de las típicas calles, de sus terrazas y de los espectáculos que se ofrecen a los turistas. Me fui a dormir a Kitzbühel que resultó ser un monísimo pueblecito turístico, tanto en invierno como en verano, con sus casitas de colores pastel, sus aleros de madera, sus persianas de colores, posadas del siglo pasado, terracitas con mesas de coloreados manteles,... etc. Todo con mucho cuidado y con mucho cariño. Estuve en un encantador hotel, en un edificio antiguo con carácter que tenía muchos revestimientos de madera. Disponía de una terraza, donde se servía el desayuno, que había sido decorada muy coquetonamente mezclando, adecuadamente, madera con yesos y hierro. El resultado era muy agradable pues desayunar allí, en una soleada mañana, resultaba un placer.Tras visitar, detenidamente, las calles y plazas peatonales del pueblo, por cierto, llenas de tiestos y flores de múltiples colores, decidí subir en funicular a una montaña de 1650 m., para desde ella ver la coronación nevada de algunas montañas de los Alpes. El espectáculo fue maravilloso. Abajo quedaba el pueblecito de Kitzbühel... ¡Qué buena idea  la de querer venir a visitar este pueblo!

 Tengo que reconocer que las gentes son muy educadas, muy honestas, con modales dulces y no levantan la voz en ninguna parte. Los niños parecen muy bien educados. Las calles y sus casas son muy limpias. Conducen con precaución y respetan las normas. Todo parece como en España... pero al revés. Para colmo de sus tradiciones, se ve a mucha gente por las calles vistiendo ropa típica de la región. Deberíamos, los españoles, mirar a ciertos países de Europa con más frecuencia. Tampoco se ve violencia alguna.

 Manteniéndose el tiempo soleado y caluroso seguí el itinerario y llegué a Salzburgo, ciudad formada por un conjunto monumental muy agradable que puede observarse desde el río que atraviesa y divide la ciudad en dos partes: antigua y moderna. La arquitectura no es nada especial y los "millones" de turistas que la estaban visitando añadían, aún, más calor al ya de por sí caluroso día que estábamos teniendo.

 En las proximidades de Salzburgo hay un lago sobre cuyas riberas hay pequeños pueblos llenos de encanto. En uno de ellos, el de Wolfgang, pasé una noche muy agradable, pues estaban en fiestas y todo el mundo estaba en la calle. Había una especie de verbena con media docena de pequeñas orquestas. La que más éxito tenía era una de Nueva Orleans. Dormí en un hotelito frente al lago en el que estuve muy bien.

 El Sol continuó castigando algunos días más. Hacía calor desde el amanecer. No me lo podía creer. No había ni una sola nube y el Sol se ponía "morado" con la gente. Llevaba cuatro días de calor insoportable.

  Me puse camino de Viena visitando primero Linz, en donde había estado hacía siete años; de esta ciudad solamente merece la pena su plaza, el resto es una ciudad industrial sin mucho interés. Más tarde, seguí mi camino a Viena deteniéndome a visitar la impresionante abadía de Melk, a la que la guía Michelin otorga tres estrellas. Tiene unos bellísimos frescos, una iglesia con un barroco muy trabajado y bonito y, también, los bancos de los feligreses son de madera labrada y al igual que los frescos son de una calidad impresionante. De igual nivel son las bibliotecas.

 Finalmente llegué a Viena Imperial tras atravesar algunos barrios algo abandonados que deslucían la excelente impresión que llevábamos todos del país y que, tampoco, tenía nada que ver con la delicada Viena Imperial llena de maravillosos monumentos que íba a visitar. Puede que esta sea mi tercera visita a Viena.

 Aunque el calor se "pasó” cantidad, he de reconocer que fue un día entero recorriendo monumentos, con el plano en la mano, sin dejar ni uno sin visitar. Me impresionó el tesoro de los Habsburgo el cual no había visitado en mis estancias anteriores. Contemplar la catedral, el ayuntamiento, el Hofburg, etc. fue, nuevamente, un placer para mí inolvidable. Hacía ocho años que no venía por aquí: año 91. Acabé el día rendido y deshidratado, sin apenas haber comido. Mi hotelito en Viena estaba muy céntrico lo que  me facilitó la visita a la Viena de los Habsburgo (los Austrias españoles). Pasé por el Danubio.

 Nuevamente en carretera y, esta vez, en dirección a Alemania vía Linz. Entré en este país por la pequeña ciudad medieval de Passau que en realidad es una islita en medio del Danubio. Un recorrido por el pueblo y por el castillo, situado en una colina, a la par que una buena trucha con una buena cerveza, completaron mi agradable estancia en este lugar. Ambos ramales del río se presentaban muy caudalosos y con gran velocidad.

 Seguí carretera hasta Múnich a la que llegué en una tarde gris. Múnich sigue siendo una ciudad elegante y cuidada, con las tiendas más exquisitas y caras de Alemania. Había muchos "guiris" en la Marienplatz y no eran del nivel de los que he visto otras veces. Recuerdo que en mi primera visita, allá por el año73, fui invitado unos días al Hotel Cuatro Estaciones, alojamiento que no puedo permitirme hoy en día. Ahora hay más y peor turismo. En la Ópera se celebraba un concierto y la gente se agrupaba en la entrada. 

 Tras la visita al centro de la ciudad y el correspondiente "vistazo" a los monísimos escaparates de las más prestigiosas firmas internacionales, decidí dejar la ciudad para salir en dirección a Suiza, conduciendo dentro de una intensísima lluvia que resultaba tan desagradable como peligrosa. Decidí que tenía que volver a Múnich, en otra ocasión, para visitar su buena pinacoteca. Todavía dentro de Alemania me detuve en el pueblecito de Landsberg que resultó ser una monada. En el centro hay muchas casas de estilo antiguo con sus fachadas pintadas en atrevidos colores pastel. Cené muy bien con buena cerveza. Debido al mal tiempo ni en Múnich ni en Landsberg  pude hacer una sola fotografía.

 Continué hacia Suiza y, tras una larga conducción, llegué a Berna, en la que recorrí las calles típicas del centro, comí queso fundido y constaté, una vez más, que las ciudades europeas, los fines de semana, están llenas de gente "colgada" y turistas. En los días en que vivimos, cuando queremos recorrer y disfrutar de Europa, tenemos que limitamos a sus pueblos, sus valles y montañas, pero nunca a las ciudades; a menos que no vayamos en verano y que no sea fin de semana. Es en los pueblos donde descubres las gentes más auténticas, más encantadoras, más sencillas, etc. En las ciudades grandes europeas, los fines de semana, se ven más inmigrantes turcos, griegos, hindúes y africanos. Mi día en Berna fue soleado y algo caluroso. Me deleité contemplando sus múltiples torres de relojes, sus típicos tejados con buhardilla, sus calles antiguas, etc. Quedó pendiente, para otra visita, el Museo de Bellas Artes y el bonito pueblo de Fribourg en los alrededores, que recuerdo me gustó mucho cuando lo visité hace años.

 Continué el viaje pasando de Berna a Lucerna para disfrutar, también, de un precioso día soleado, recorriendo la villa antigua y el famoso Kapellbrücke, el puente cubierto de madera, al igual que Weinmarkt (pequeña plaza) y el ayuntamiento. Nuevamente dejé pendiente el museo de los transportes que había visitado hacía unos años, al igual que el famoso Pilatus, especie de tren de cremallera. Lucerna estaba preciosa. Aproveché el soleado día para desplazarme y pasar la tarde en Basilea.

 En esta ciudad recorrí ambas orillas del Rin a lo largo del paseo que bordea el río. Contemplé sus puentes, visité la villa vieja, donde están la catedral, la Markplatz y el Rathaus. Tuve un soleado día y cené al lado del río en una agradable terraza. Una vez más dejé pendiente para otro viaje: El Museo de Bellas Artes y el zoológico. Ya los había visitado hacía bastantes años y me gustaría hacerlo otra vez, dada la alta calidad de ambos. Estando en Basilea recordé mi anécdota  de hace años cuando, 2 horas antes de mi vuelo, dejé las llaves del coche dentro de él y llamé a la policía para que me ayudara. Vinieron y, cual ladrones profesionales, abrieron el coche y pude llegar a tiempo al aeropuerto. 

 El último día transcurrió en Zúrich: lucia el Sol y redoblaban todas las campanas de las iglesias pues era el día de Santiago Apóstol (25 de Julio). Recorrí ambas orillas del río Limmat, que atraviesa la ciudad y que sirve de desagüe del lago Zúrich, visitando el barrio viejo, la catedral, la placita de Weinplatz, los puentes, etc. Todo estaba muy bonito y tranquilo por tratarse de un domingo soleado. He dejado, para otra ocasión, la visita de los alrededores y algún museo de cierto interés.

 Este es el tipo de viaje, fácil y agradable, que cualquier viajero se puede permitir de tanto en tanto. Europa es maravillosa.

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