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Polonia 78

 En un principio no era mi intención incluir en “sabinoelviajero.com” los pequeños viajes hechos por España y por los países europeos más conocidos dado que estos están a la altura de cualquier viajero. Me decidió, el hecho de pensar que alguna fotografía pudiera ser un documento de interés para algún seguidor de la web.

 Enero de 1978

 Años de guerra fría. Viajar de España a  Polonia desde la URSS era, en estos años, difícil y arriesgado. En la España franquista poca gente se atrevía. Y fue complicado: en primer lugar tuve que ir a Alemania Occidental, después tomar un vuelo con la TWA, única compañía aérea que volaba a Berlín Occidental, entonces aislado por los rusos. Todo esto no era más que la primera etapa del viaje.

 Así que junto con mi pareja, S.L.M, de nacionalidad americana, y tampoco muy querida en la URSS, llegamos a Berlín Occidental un par de días antes de Nochevieja de 1977. Viniendo de la España en vías de desarrollo, esta ciudad nos sacaba varias décadas. De hecho, en estos años, los españoles todavía emigraban a Alemania para ganarse la vida. Nos alojamos en una simple pensión en la calle de Lewishamstrasse que tenía más calidad, limpieza y confort que nuestros buenos hoteles. Nevaba sin parar. Así que vimos nevado el Parque Zoológico, el Palacio Charlottenburg y la famosa iglesia destruida por una bomba, cuyo nombre no recuerdo en este momento.

 Los berlineses, siempre gente muy avanzada y de especial talante como corresponde a los habitantes de una ciudad que fue muchos años capital del país, se  mostraron muy amables y con tal alegría que parecían olvidar su estado de “sitio”. En esta noche navideña, es tradición tirar petardos por todas partes, hasta el punto de lanzar algunos en el interior del restaurante, sin grandes pretensiones, en el que nos dispusimos a celebrar el fin de año con una cena  especial. Después las calles nevadas, se vieron invadidas por los que cantaban canciones contra los rusos o simplemente canciones populares cantadas en el frente.

 Bueno, ahora empezaba lo difícil: teníamos que pasar al Berlín Oriental a través del metro. Así que entramos en una estación y, al llegar el tren a la siguiente, allí estaba la frontera. Fue duro pues no eran tiempos de “turismo” y un sinnúmero de preguntas nos llovieron por todas partes. Yo provenía de un país que llamaban fascista y ella del país mas capitalista del mundo… nunca he sabido por qué nos dejaron pasar. En fin, pudimos seguir y visitar el otro lado de Berlín. Aquí estaban los mejores museos y, al mismo tiempo, las mayores expresiones del poder soviético: esculturas relativas a la guerra mundial, murales gigantescos ensalzando su ejercito y sus triunfos sobre el fascismo, el señor Lenin, policía secreta que te pedía el “salvoconducto” y, sobretodo el miedo que daba aquel ambiente que parecía más comunista radical que el Kremlin.

 Esta parte de la anterior Alemania llamada, paradójicamente, “República Democrática Alemana” (en aquella época la URSS tenía sentido del humor) daba auténtico pánico. Uno sentía miedo, sí, miedo a que lo dejaran allí sin poder salir del país o en la cárcel. Pasamos dos días viendo museos, por cierto buenísimos y, finalmente, decidimos tomar un tren nocturno que, atravesando una buena parte de Polonia, nos dejaría de madrugada en Varsovia. Una vez en el viejo tren de madera, con asientos también de madera, entablamos conversación con un polaco, de unos 50 años, que dijo ser sacerdote y que venía del Congo para pasar las navidades con su familia. Nos dijo por lo “bajini” que él nos cambiaría los dólares y nos daría mejor cambio que el banco. Vaya pájaro, pensé yo.

 Cada media hora la policía secreta despertaba a todo el mundo para pedir “los papeles”. Controles insoportables. Cuando la tercera pareja nos pidió la documentación, y ya con nuestros pasaportes en su mano, comenzaron a hacer preguntas a mi compañera en polaco. Inútil resultó que ella dijera, en inglés, que no hablaba polaco. Siguieron y siguieron. Dieron a entender que su apellido era totalmente polaco y no acababan de entender por qué ella no quería hablarlo. Se indignaron mucho y tal fue su estado de enfurecimiento que la chica estuvo a punto de llorar, después le preguntaron si era judía, a lo que ella respondió que si. Al parecer su abuelo había huido de Polonia y había ido a parar a Estados Unidos. Esto no les gustó y tuvimos unos instantes un poco tensos. No sabían que hacer con nosotros. Momentos después nos devolvieron los pasaportes. Uff. El apellido, traducido al español, era “molinero”.

 Tras nuevos controles en la estación central de Varsovia, salimos al exterior y encontramos un hotel que resultó ser un poco cutre, justo frente a la estación. A todas estas, el cura nos siguió hasta el hotel ofreciéndose, “desinteresadamente”, a hacernos de guía por unos días y enseñarnos la ciudad. Aceptamos pues nos daba cierta tranquilidad aunque, en esos tiempos “la Iglesia era el opio del pueblo”…

 Tal que así, que una hora después comenzamos a recorrer iglesia tras iglesia, especialidad de nuestro curita; todas ellas cargadísimas de santos, santas, cristos y confesionarios. Estos últimos tenían una larga cola de espera. España, al lado de Polonia parecía atea. Todo me parecía fanatismo acompañado de una situación de pobreza que inclinaba, más aún, a la creencia de que rezando se solucionarían los problemas. Los enormes ministerios, con aire moscovita y triunfal, respondían a una construcción piramidal y robusta pero sin mucha arquitectura. Afortunadamente, los tranvías eléctricos, transporte popular en la ciudad, añadían con su color rojo algo de colorido o alegría al aspecto gris del “sistema” que se reflejaba en la gente, y en su forma de vestir en ese ambiente tan frío que había en los edificios, etc. Hacía un frío terrible y el sol no aparecía para calentar. Al polaco le veíamos triste, sometido, avergonzado o humillado, pobremente vestido y no suficientemente abrigado. Años duros para esa buena gente. Nosotros, comparados con ellos, éramos muy ricos. Si. La peseta no era una divisa para nada conocida ni utilizada pero nuestra economía estaba muy saneada y, por ello, con solo 60 pts. (0,36€) podías comprar un dólar americano. Ahora en 2010 y con nuestra pobre economía hacen falta más de 140 pts.

 El rincón más agradable de la ciudad estaba en la plaza principal del barrio antiguo. Las casas que la conformaban, todas de cuatro alturas y buhardilla, tenían una arquitectura dulce y equilibrada con techos de teja de arcilla y fachadas pintadas en colores pastel. En el medio unas floristerías añadían encanto al lugar. El Palacio Real, con la torre del reloj y el ministerio del ejército, con su lucida escultura ecuestre, completaron los puntos de interés turístico. Una de las cosas que más me atraía eran las orquestinas callejeras, en las que los acordeones llevaban el protagonismo, los componentes te rogaban que te detuvieras y escucharas la pieza que te dedicaban. La propina era bien merecida.

 En las calles siempre se nos acercaba, con cierta discreción, alguna persona para ofrecernos un cambio de dólares a “lotis” 9 veces superior al que daba el banco oficial. Nuestro cura, persona educada y afectuosa, no nos permitió que cambiáramos, ni tampoco que pagáramos nada, ni siquiera la comida o el tranvía. Sabíamos que algo tramaba…al final muy prudentemente nos dijo: solo les pido que me cambien 50 dólares al cambio que les ofrecen en la calle. No lo dudamos ni un segundo y le cambiamos. A continuación quisimos pagarle todos los gastos de comidas, tranvías, etc. a lo que contestó: no faltaría más, son mis invitados. No podíamos creerlo, lo habíamos juzgado mal y sentíamos vergüenza. Dijo necesitar los dólares para su regreso a la Misión del Congo. Nos dio una buena lección de generosidad cristiana.

 Disponíamos solo de nuestro último día para gastarnos el enorme paquete de “lotis” que habíamos recibido y el problema era en qué. Nos dimos una suculenta comida y después acudimos al mejor de los almacenes de Varsovia. La ropa era de muy humilde calidad y diseño, los artículos en general no tenían ni gusto ni estilo. Desesperados por gastar el dinero encontramos, al fin, algo interesante: un tríptico, pintado a mano, que todavía luce en una estantería de mi casa, tras 33 años de haber transcurrido esta historia. Mi compañera, persona dulce y sensible, estaba orgullosa y feliz de haber visitado la tierra de sus abuelos judíos.

 Hasta otra.

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