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España-Zona Norte 95-III

 En un principio no era mi intención incluir en “sabinoelviajero.com” los pequeños viajes hechos por España y por los países europeos más conocidos dado que estos están a la altura de cualquier viajero. Me decidió, el hecho de pensar que alguna fotografía pudiera ser un documento de interés para algún seguidor de la web.

 
 Septiembre de 1995

 Madrid-Teruel-Castellón-Gerona-Tarragona-Castellón-Valencia-Cuenca-Madrid

 Una vez más mi viaje comienza en Madrid y en dirección al Norte, zona pirenaica y el Ampurdán pasando, al subir, por la región del maestrazgo (provincias de Teruel y Castellón) donde hago un alto en Morella, tras visitar los pueblos de Rubielos de Mora, La Iglesuela del Cid, etc. Esperaba más de esta comarca al igual que de su capital Morella. He de reconocer que tienen muy buen pan, buen agua, buen melón y preciosas puertas de entrada a sus casas.
 
 Subo hasta Girona con una parada obligada en el Delta del Ebro y Tortosa, en cuyo agradable Parador de turismo pernocto. Tortosa no vale nada. Visito Girona,  su catedral, su barrio judío, sus casas al lado del río con sus fachadas ocres... etc. Como muy bien en el Restaurante La Roca Petita, donde bebo un fantástico vino casero del Ampurdán que me "coloca" un pelín. Tal que así continúo mi viaje hacia el lago Banyoles, Besalú (pueblecito encantador de casas de piedra), Castellfollit de la Roca, construido sobre un acantilado, Olot, que no vale mucho y, finalmente, Ripoll, donde he estado otras veces y tampoco tiene mucho de especial.  

 Afortunadamente la carretera de Ripoll a Olot, que la hice dos veces, bordea una serie de valles verdes con bonitas masías que hacen que el trayecto merezca la pena. En este último recorrido solo hay un pueblo, por cierto muy pintoresco, que se llama Vallfogona.
 
 Continúo a Figueres, capital de la comarca de l’Alt Empordà, pueblo poco atractivo que sólo tiene un interés: el Museo Dalí, que visito. De aquí, bordeando la costa, me dirijo a Port Bou descendiendo después al Port de la Selva y Cadaqués. El recorrido no ofrece una gran belleza y en los tres sitios se observa una gran degradación del turismo que, en otro tiempo, era de clase y que, ahora, se ha convertido en un turismo de masas. Las edificaciones están también muy abandonadas. Cadaqués no es el coquetón rincón que visité hace unos veinte años. Todo parece haberse venido abajo. Sigue habiendo, no obstante, un cierto tipismo en sus calles y una cierta cultura pictórica ya tradicional.
 
 ¡Qué bien como y qué bien bebo a l’Empordà!  Su vino, que llaman "negro" en lugar de tinto, es un vino común, casero, espeso, con un sabor mezcla de áspero y dulce que te invita a seguir bebiendo... hasta que notas sus efectos. Conducir a través del campo ampurdanés es muy agradable: los campos están muy bien labrados, muy bien plantados los árboles, con muchos maizales, choperas, manzanos, melocotoneros y muchísimas uvas negras... que robo de vez en cuando para saborearlas. El pan payés es también muy bueno al igual que algunos quesos de vaca o cabra. Las escalibadas son exquisitas y el melón, los melocotones y las manzanas (rojas y verdes) lo son también.
 
 
De Roses pasé de largo, pues no me pareció muy atractivo al pasar por la carretera y decidí no entrar. Subí al Monasterio de Sant Pere de Rodes para disfrutar de la fantástica vista que desde allí se observa. Visité el antiguo pueblo de Peratallada, su castillo y los alojamientos de estilo medieval que hay en la parte restaurada del mismo. Después a Begur y Cala de Aiguablava donde pasé la noche en el agradable Parador Nacional que lleva su nombre. Después contemplé los pinares y las calas de Aiguafreda, Sa Riera, etc. en los alrededores de Begur. Continué hasta el antiguo pueblo de Pals visitando su casco antiguo, muy interesante y bien cuidado.

 Recorrí las ruinas de Ampurias, de no mucho interés, las calas de los alrededores y el pueblecito de San Martín. Encontré muy agradable el pequeño puerto y la playa de Calella de Palafrugell y muy bonito también el jardín botánico y sus vistas sobre el mar. Pasé una noche en una monísima masía habilitada como un hotelito, en las proximidades de Santa Cristina de Aro, llamada Mas Torrellas y de precio muy razonable.
 
 Sigo viendo preciosos campos de labor muy bien cuidados, bosques, maizales, etc. que dan un verdor a las tierras que, en esta época del año, no se ven fácilmente por el resto de España. Por el contrario la cerámica local no me ilusionó mucho. También sigo manteniéndome fiel a la escalibada, pan amb oli y jamón, vino ampurdanés de payés etc. Todo fenomenal. Además en los restaurantes compruebo lo educados que son los catalanes y lo bajo que hablan para no molestar a los demás. ¡Qué bonitos bosques de pinos y que sanos están en comparación con los enfermizos que veo en Mallorca!
 
 Después sigo a s’Agaró, con cierta clase, que tiene una agradable playa y un paseo de ronda que bordea el mar desde donde hice varias fotografías de los acantilados. A continuación a San Feliu de Guixols, que no tiene un valor excepcional, y desde aquí hasta Tossa de Mar siguiendo la carretera que bordea el mar, desde la que se observan maravillosas vistas de la "Costa Brava". La muralla de la "Villa Bella" de Tossa y sus torres ofrecen un espectáculo muy agradable pues tras ellas se ve proyectado el mar y los acantilados.
 
 Finalizada mi visita a l’ Empordà decido adentrarme en el interior y me voy a Cardona en cuyo Parador de Turismo, un poco abandonado, paso la noche. Visito la ciudad y veo sus canteras de sal. De aquí parto hacia Tarragona deteniéndome en el camino para visitar la Sierra de Montserrat, pero no a la Virgen, pues hay tanto visitante que no resulta agradable.
 
 Tarragona sigue siendo provinciana y algo cutre. Salvo las ruinas romanas, “maliciosamente” restauradas, (pues pretenden pasar por auténticas), nada atrae suficientemente como para quedarse pues los hoteles son viejos y en muy malas condiciones. Paso una tarde muy entretenida en Port Aventure, que ya resulta pequeño, y me dirijo al parador de Tortosa, en el que ya había estado anteriormente. Resultó una estancia, al lado del Ebro, muy agradable.
 
 Sigo descendiendo hacia Castellón y me detengo en Peñíscola, que estaba en fiestas, para recorrer el barrio viejo y la muralla. Después sigo camino de regreso hacia Valencia y Madrid y visito el encantador pueblo de Alarcón (Cuenca) que tiene un pequeño complejo histórico-artístico. Hay un castillo medieval, en cuya torre mayor pasé la noche, (una habitación por planta), pues se trata de un Parador Nacional muy acogedor, donde además se come fantásticamente.
 
 Llego, finalmente, a Madrid y aquí acaba el viaje.