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España-Asturias-P.N. de Redes 13

 Febrero de 2013

 A mediados de 2011 comencé a hacer senderismo con cierta frecuencia por el Parque Natural de Redes, en las montañas asturianas. Se trata de un parque muy completo, con montañas tremendamente agrestes, lagos, verdes y profundas vaguadas, grandes bosques de hayas, castaños, abedules y robles, así como enormes prados, caudalosos ríos y, todo ello, salpicado con pequeñas aldeas llenas de tipismo que mantienen sus antiguas casas, su ganado vacuno y caballar, su huerto tras la casa, sus hórreos, etc.

 El mencionado parque, que comprende dos términos municipales (Caso y  Sobrescobio), tiene una superficie de 800 km2, lo que quiere decir que, el parque, supera a la isla Menorca y por descontado a la de Ibiza que es aún más pequeña. Dicho de otra forma: casi duplica la superficie de Andorra. Pues bien, comencé a hacer las excursiones que las autoridades del parque tienen marcadas y, tal fue el interés que su recorrido me despertó con sus pronunciados itinerarios y sus preciosas panorámicas, que decidí buscar una casa de pueblo que pudiera restaurar para poder disfrutar con más frecuencia y comodidad de la belleza del mismo. La nostalgia por mi Asturias natal jugó un papel importante en mi decisión.

 Así que el año 2002 compré y restauré, muy cuidadosamente, una casa de piedra, de 200 años de antigüedad, en una aldea llamada Veneros que está dentro del mismo parque y la utilicé hasta el 2013, año en el que la donaría a una ONG de Gijón, dedicada a dar comida y cama a los más necesitados.

 De ella partía de buena mañana para hacer itinerarios a pie y llegar agotado al caer la tarde después de meterme unos cuantos kilómetros de seria dificultad. Prácticamente no había itinerarios de dificultad baja y los de media eran realmente de media alta o alta. Mi mochila contenía, además de agua y un par de bocatas, los mapas de la zona, una brújula, un  emisor de ondas que ahuyentaba a los perros, un impermeable, una linterna, lo imprescindible para una primera cura, etc. etc.

 Dada la cortante orografía, el cambio de vaguadas o pendientes que    inevitablemente aparecían en todos los recorridos, suponía pasar por cumbres escarpadas lo que añadía aún más dificultad al recorrido. En más de una ocasión tuve que dejarlo para intentarlo de nuevo al día siguiente. Con frecuencia caminaba cerca o sobre los miles de la zona y algún que otro pico tuve que escalar aunque sin necesidad de equipo especial alguno. Las panorámicas eran excelentes: verdes prados, densos bosques, pequeñas aldeas, ríos de montaña, etc. aparecían a cada instante. Hay que tener en cuenta que la casa ya estaba a una cota próxima a los 700 metros por lo que remontar los mil ya lo conseguía al principio del recorrido. Lo normal era aproximarme a los 1.500 m. En alguna ocasión aislada subí picos próximos a los 2.000 m.

 En mi retina han quedado grabadas aldeas como Agues, Orlé, Caleao, La Felguerina, etc. y rutas como la del Alba, Brañagallones, La Carasca, el Circo de Pendones, etc. Y ya no digamos los hermosos colores que toma en otoño ese bosque templado que se contempla desde lo alto de cualquier monte o colina o simplemente desde los caminos o carreteras de la parte alta de este Parque Natural. Desde el corredor o galería de mi casa, y durante el otoño, contemplaba durante largo rato los hermosos colores que tomaba el enorme hayedo que tenía delante. Amarillos, ocres, ocres-amarillentos, tonos rojizos, etc.

 Los inviernos eran crudos: mucha lluvia y bastante nieve. A veces me tiraba semanas sin subir a la casa. Lo cierto es que el paisaje blanco ofrecía otro atractivo más. Aunque adquirí, un pequeño 4x4, de segunda mano, he de decir que, ante las nevadas y heladas que se producían, de poco me valía tenerlo ya que el hielo convertía las carreteras en muy peligrosas pues a un lado de ellas casi siempre había un barranco.

 A lo largo de una década, a mi casa acudieron amigos y familiares deseosos de disfrutar de la tranquilidad y del paisaje. Los convencía para salir de mañana a caminar, eligiendo para ellos itinerarios sin mucha dificultad y con agradables panorámicas. Todos se iban encantados.

 Pues bien, atrás he dejado una casa que amé y unos lugares muy entrañables…pero la vida sigue.

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