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Yemen(el)-Socotra-Saná 08

 Febrero de 2008

 Se trataba de mi cuarta visita el Yemen y se producía tras el asesinato de dos turistas belgas, hacía menos de una semana, y de 7 españoles unos meses antes. Este país ha sido siempre muy tranquilo salvo, en ocasiones, cuando algún turista era retenido por un grupo armado de una determinada comunidad con el fin de hacer fuerza sobre el gobierno central  y conseguir alguna mejora.

 En esta ocasión, el objetivo de mi viaje era visitar la isla de SOCOTRA. Lo había intentado en anteriores ocasiones pero me daba mucha pereza meterme en un barco, más bien sucio e incómodo, por dos días y otros dos  para regresar. Finalmente se abrió un aeropuerto  y me dije: ha llegado tu hora. Tiene una superficie de  3.625 km2  y está   situada a unos 400 Km. de la costa yemení   y próxima a Somalia, la cual reclama su soberanía no solo por la cercanía sino también por haber muchos somalíes entre sus habitantes.

 Tras una estancia corta en Saná y otra en Adén, volé a Socotra para encontrarme con una isla diferente y llena de endemismos en su flora y en su fauna. Pero, no todo es bueno pues la pobreza que observé fue notablemente superior a la que percibí en el Yemen continental. Realmente la miseria invade la isla. Hasta las cabras ocupaban la zona “urbana” en búsqueda de alguna comida y no digamos los buitres alimoches que casi parecían gallinas merodeando por doquier.

 Nadie sabe una puñetera palabra de inglés ni de francés ni de ninguna otra lengua que no sea el árabe y, por otra parte, me parecían torpes a la hora de hacerme entender por gestos o mimo. Por tanto fui victima de errores: en la fonda me dijeron 15 dólares pensión completa, después resultó ser solo la habitación…en cualquier caso muy barato. La luz se iba de vez en cuando pero acabé haciéndome a ello. Después supe que no había luz, sino un grupo electrógeno. La fonda se llamaba Taj Socorra (“palacio Socorra”) y yo iba a cenar a un “restaurante” que había al lado, en donde comía un delicioso pescado del Indico o del Mar Rojo muy bien cocinado a la plancha, muy fresco y acompañado de  tortas de pan, calentitas y tostadas; té, cerveza sin alcohol o agua embotellada eran las bebidas. La gente comía con las manos, algo habitual en muchos países del Islam. Cuando comía con alguno de ellos yo tampoco empleaba cubiertos. A veces me daban la mano sin secarla previamente. Una cena a base de pescado o langosta acompañada de arroz, una cerveza sin alcohol, tortas de pan riquísimo, café o té, etc. venía costando 3 euros. Fuera de esto, el resto de las comidas que ofrecían eran “peligrosas”, sanitariamente hablando. Comía en la terraza  del restaurante a la que también acudían técnicos europeos que trabajaban en alguna ONG, conocedores del buen pescado que servían. Las cabras y los alimoches andaban siempre alrededor de las mesas y daban por el saco constantemente; se subían a las mesas y llegaban a comerse las servilletas de papel.

 Entablé amistad con un técnico de 35 años, proveniente de Saná, encargado de unas piscifactorías en las que cultivaban toda clase de peces los que, llegado su momento, exportaban a Valencia y a otros lugares del Mediterráneo. Estaba de acuerdo conmigo en que el pescado que llamamos “fresco”, en Europa, tiene ya unas dos semanas y que menos tiempo que eso es casi imposible. También conocí a otro tipo, árabe pero que nunca me dijo de donde era, de 58 años que más bien aparentaba 70, el cual había vivido en Brasil, Argentina…, de donde parecía haber huido: un tipo interesante, buen conversador y que me hacía de intérprete en momentos difíciles.

 Alquilé por 30€ al día un 4x4, incluido chofer-guía y combustible, y comencé a recorrerla. Salvo algunos vehículos todo-terreno, los demás coches estaban destartalados, con mas de 30 años de antigüedad, sin puertas o ventanas, podridos, etc. Desde la “capital”, Hadiboh, partía muy temprano y regresaba por la noche. En alguna ocasión me quedaba a dormir y regresaba al siguiente día por la tarde. Es tremendamente montañosa. Visité el extremo Oeste y el Este e, igualmente, fui hacia el interior donde recorrí, a pié, el famoso cañón llamado Daksam, o algo así, donde me bañé. Así que pasé por Kalansiyah, Diablean, etc. El 75% de la isla conforma un parque natural. Iba con mi libro de pájaros africanos, bajo el brazo, pero de poco me sirvió. Son tremendamente huidizos. Tuve más suerte con la vegetación endémica: dragos, inciensos, mirra, árboles botella, sangre de dragón, etc. Hay alguna carretera asfaltada pero el resto son pistas de piedra con unos baches impresionantes.

 Presencié un partido de fútbol en el pueblo. Tengo que decir que el campo era de piedra, auténtica piedra, sin nada de arena; se jugaba al aire libre, en la plaza, sin pagar entrada…como hace años en los pequeños pueblos de España. La gente se sentaba en el suelo, en cuclillas, y me miraban sorprendido de que tuviera cámara fotográfica. ¡Me faltó muy poco para recibir un balonazo!

 Acudí a la oficina de correos para enviar unas postales y era siniestra…además no se sabían las tarifas ni tenían sellos y me tuvieron mas de una hora esperando. Al parecer hay unas 600 especies de plantas y animales endémicos…una atrocidad.

 Tiene hermosas y bellas playas de enormes dimensiones, también dunas altas de blanca arena. Los nativos no acuden a la playa y, como solo hay una media de 6 turistas al día, están vacías. Desde una de las playas contemplé algo original: un millar de cormoranes permanecían agrupados y nadando juntos a una distancia de 300 m. de la orilla. Nadie supo decirme a que se debía. Son dignas de mención las playas vírgenes de la parte Este cuya belleza es difícil de describir. Tal era el calor que hacía que caminé un rato por una de ellas y me peló la espalda. Las aguas azul turquesa, limpias, tranquilas, invitantes…Hay manglares pero sin gran valor. Los poblados, muy humildes, están formados por casas de piedra que es el material que abunda por doquier.

 Las gentes son tranquilas, muy religiosas, no hay robos (muy normal en el mundo árabe), pero los muecines comenzaban la primera llamada a la oración  a las 4 de la mañana por lo que me despertaba y no había forma de seguir durmiendo…Se saludan, los de la familia o los allegados, tocándose nariz con nariz…algo que había visto con anterioridad en otros lugares. Conocí a un individuo nacido en Bab Al-Mandab que es el pueblecito que da nombre al estrecho que abre las puertas al Mar Rojo, ya que está situado al pié del mismo.

 Por lo que respecta al Yemen continental siguen siendo muy pobres, a pesar de tener algo de gas y petróleo. Ya son mas de 22 millones con una ínfima renta de 300€ per cápita (cómo referencia España tiene 22.000). La moneda es el Rial y te dan 200 por un dólar. La justicia sigue basada en la Sharia y tienen un servicio militar de 3 años. La mortalidad infantil es alta: 6,5% y aún mas elevada en Socorra. La esperanza de vida es de 59 años para el hombre y de 63 para la mujer. El 100% son musulmanes. Cosechan tabaco, algodón, dátiles, cereales, sésamo, café y el famoso qat, que es un alucinógeno suave que consumen la mayor parte de los hombres y que supone el 30% de la actividad industrial del país. Tienen 3 móviles y un ordenador por cada 100 habitantes. El analfabetismo ronda el 50% y tienen un médico por cada 5.000 habitantes.

 Las gentes odian ser fotografiadas y se ofenden cuando intentas robarles una instantánea. Las mujeres apenas salen a la calle y, cuando lo hacen, van vestidas de negro y tan tapadas que solo se les ven los ojos. Eso sí, son ojos negros que te escudriñan de arriba abajo…. Hasta las niñas del colegio llevan la cara tapada. Con cámara semi-oculta pude hacerles fotos y comprobar como ellas me miraban, descaradamente, cuando creían que yo estaba distraído. Anécdotas en aeropuerto y en el avión, cuyas fotografías aparecen en el reportaje.

 La visita que hice a Adén me sirvió para constatar, una vez más, que la ciudad no vale nada de nada. Por el contrario, Saná, sigue teniendo el encanto oriental de su barrio antiguo, de sus casas, de sus calles. Cuando visitaba el barrio viejo coincidió, a mi lado, el presidente de Pakistán acompañado de su séquito de guardaespaldas y de las autoridades del Yemen. Estuve algunos días, soleados y felices, recorriendo y disfrutando Saná.

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