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Tíbet (el) 96

 Agosto de 1996

 El Tíbet, situado al norte de Nepal, es una alta meseta protegida por las montañas más altas del mundo: la cordillera del Himalaya, con alturas que llegan a los 8.000 m. Tiene una población de solo 2 millones de habitantes y una superficie el doble que la de España. Es una tierra pobre, áspera y atormentada; una de las mas inhóspitas del mundo, lo que influye fuertemente en los hombres que la habitan. Antropológicamente el tibetano es un mestizaje de: mongoles, arios e indígenas.

 Existen  regiones absolutamente inexploradas, con tribus muy primitivas que, hasta no hace mucho, practicaban sacrificios humanos. China ha ejercido una gran influencia cultural. El clima es extremadamente seco con inviernos muy fríos y veranos calurosos. La diferencia de temperatura entre el día y la noche puede ser de 300.

 Lhasa, la capital, situada a 4000 m. de altura,  tiene una población de 100.000 habitantes. Todos los caminos del Tíbet llegan a ella, centro religioso del país y morada, durante siglos, de los Dalai Lama, máximas autori­dades religiosas y políticas.

 Visité entre otros: el palacio Potala, situado en la Colina Roja de Lhasa; tiene una altura de 170 m. y en lo mas alto está el palacio Rojo, símbolo de poder y autoridad de los Dalai Lamas; cuenta con 1.000 habita­ciones y 200 capillas constituyendo un  ejemplo de ostentación que nada tiene que ver con la austeridad que predica el budismo. El  Monasterio Drepung, el mayor de todos, en el que antes vivían varios miles de lamas, tiene una arquitectura de poco valor.  El Monasterio de Sera, segundo en importancia, en el que antiguamente se  alojaban 5.000 lamas, tiene en su interior un objeto de especial vene­ración: un puñal que sirve para apuñalar a los demonios en los exorcismos. El Palacio Potala de Verano, de pequeñas dimensiones, es dorado y con una arquitectura más dulce que la de las otras construcciones.

 La visita a los monasterios, oscuros y tenebrosos, en los que puede verse la vida que llevan los monjes, resulta sobrecogedora por la austeridad y suciedad en la que viven. Por parte de los fieles creyentes se observa una cierta idolatría, todo en contradicción con lo que yo había leído de Buda y sus doctrinas. Me parece que la gente ha ido convirtiendo sus enseñanzas, que consistían más bien en unas normas de comportamiento mo­ral, en una religión llena de fanatismo. He podido comprobar, a través de diversos viajes a países budistas, que los monjes se desprenden de todas sus propiedades y pertenencias y se limitan a comer aquello que las gentes quieran darles cuando pasan por las calles del pueblo, con un plato o cuenco vacío. Esto no parece encajar con el comportamiento de algunos lamas, cuya vida parece estar rodeada de opulencia, ya que aceptan las lujosas invitaciones que se les ofrece en Occidente. Creo que la humildad que predican no coincide, en absoluto, con los ricos ­ambientes en los que se desenvuelven.

 Por otra parte me han encantado los sencillos colores con los que pintan el interior de sus palacios y monasterios: ocres, ocres-amarillentos, naranjas, etc. Parecen estar hechos de arcillas y tierras naturales. También son dignas de mención las preciosas y enormes tankas, con las que cubren las paredes en todos los edificios religiosos: son de preciosos colores y dibujos con historias muy o­riginales e imaginativas. Pero no me ha gustado ver como los creyentes que visitan los lugares sagrados eran, prácticamente, obligados a dejar una generosa limosna al pie de los mil y un Budas que han sido inventados.

 La comida tibetana no es más que una mezcla entre la china, nepalí e hindú. Su moneda es el Yuan; no obstante he conse­guido muchas monedas de la época anterior a 1.951, cuando el Tíbet todavía no había sido  anexionado por China. El animal típico es el yak. La altura del país me producía algo de taquicardia y me impedía dormir con profundidad. El ­clima tan seco te deja la garganta y la nariz ásperas todo el tiempo.

 Es agradable volar al lado del Everest o del Annapurna, algo que ya había hecho hacía unos años. Los tibetanos son fríos y dis­tantes, parecen honestos, pero no confían en los extranjeros.

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