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Sri Lanka/Ceilán 74

 Agosto  de  1974

 Se trata de la isla de Ceilán, ex colonia británica hasta 1.948. Dos años antes de llegar yo, en 1.972, deciden convertirla en una república que se llamaría Sri Lanka pero nadie, ni siquiera la policía del aeropuerto, utiliza este nombre a mi llegada. El aeropuerto está en medio de la jungla y utiliza su única pista para despegar, aterrizar, desplazarse, etc. Un simple bolígrafo fue tremendamente apreciado por los agentes de la policía quienes mantenían su intransigencia en el control de las divisas para, así, evitar que cambiara en la calle y no en los bancos. Llevaba tiempo pensando en este viaje. Mis expectativas se cumplieron.

Me encontré con la densa vegetación tropical que esperaba, con su calor húmedo y pegajoso, con las palmeras, los enormes campos inundados en los que plantan el arroz, etc. No es muy grande, su superficie equivale al doble de Cataluña. Tiene una población de unos ocho millones de habitantes y su capital, Colombo, unos 600 mil. Hay mucha pobreza, demasiada. Da pena ver los niños desnudos, sin ropa que ponerse. Solo tienen su arroz que les sirve para salir del paso con tres comidas al día. Hablan el “singalés”. Me pasé un par de días en un precioso hotel en Kandy y visité las cataratas de las zonas montañosas del centro de la isla, que tienen una altura de unos 80 m. Tuve que subir desde la cota 700 de Kandy hasta la 1.900 sobre el nivel del mar.

 La exuberancia está por doquier en la isla salvo en la zona norte, zona de tamiles, que es más seca. Abundan los frutos tropicales como la papaya, las palmeras cocoteras de todas clases, el mango, etc. Algo hay en común por toda la isla: el olor al aceite frito de coco, que no huele muy bien pero que emplean siempre para cocinar. Además ponen coco a todo: sea pescado, sopa, arroz, etc. Lo cierto es que le da buen sabor. Quizás lo más curioso para nosotros de su comida es el hecho de tener un marisco aceptable y muy barato, hasta el punto de que tomé una langosta a la plancha, con vino y pan, por 1 dólar. Los puñeteros le ponen demasiado picante a todas las comidas.

 Simplemente, recorrer sus carreteras, pasar por los pueblos y aldeas, ver a los encantadores de serpientes o a los que te muestran, cogidos por las alas, a los murciélagos gigantes, tan típicos en esta isla, o a los elefantes trabajando, o a los búfalos labrando…es un placer para el viajero. La 

vegetación entretiene: enormes árboles, tipo seibas, que sierran a mano, grandes mangos con su fruto colgando, puestos de venta de  papayas y cocos al borde de la carretera, chozas con estructura de bambú y techo de ramas de palmera, ríos y más ríos caudalosos, puentes y más puentes, etc. Hay plantaciones de té el que, por cierto, es muy áspero de sabor. Pero eso sí: el paisaje maravilloso. Además se ven ardillas, grandes lagartos, iguanas, gentes caminando por la carretera, o en bicicleta o en burro.

El país es muy montañoso y las carreteras atroces. Conducen, por supuesto, por la izquierda al igual que en Indonesia, Malasia, Singapur, etc. Me monté en un elefante cual turista gilipollas…Los coches, camiones y demás son de los años 20 a 30. La gasolina cuesta 6 ptas. (0,04€) el litro. Y un dólar 60 ptas. (o, 36€). Sigiriya es un lugar simbólico, emblemático, legendario y monolítico que el visitante no debe perderse. Tiene una fortaleza en la montaña y con la típica leyenda sobre el hijo bastardo. Hay que remangarse, tomar aliento y subirlo. Merece la pena.

 Son budistas, en su mayoría, pero hay también hindúes que tienen sus danzas de fuego (que no les quema) al igual que máscaras de todas clases. La prostitución está prohibida y perseguida. Te hacen ofertas chicas muy jóvenes debido a las necesidades que pasan. De vertidos de aguas residuales ya no hablemos: si unimos el olor del aceite de coco frito al que proviene de las charcas de “mierda”, entonces tenemos que ponernos una pinza en la nariz…Los pocos turistas que me he tropezado eran franceses.

 No solo hay toda clase de culebras como cobra, pitón, etc. sino también elefantes, tigres, búfalos, etc. En fin, el viajero no debe faltar a esta cita.

 Hasta otra. 

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