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India(la)-El Sur 93

 Noviembre de 1993

  El viaje, tercero que hago por la India, comenzó justamente en la punta sur, en TRIVANDRUM, donde visité el templo de Sadmanabhaswam dedicado a ­Visnú el cual tiene un "guparam" de 7 alturas que me decepcionó bastante. De aquí fui a pasar la noche a la playa de Kovalam bordeada de preciosas palmeras y am­biente de pescadores muy agradable. Cené barracuda a la brasa, delante de la playa, observando la puesta de sol. Dormí en el que  resultaría ser el sitio mas limpio de todo el viaje. Cena y alojamiento 1.000 Ptas. (6€). ¡Así da gusto!

  A las 6 en punto de la mañana salía en dirección Norte, por la carretera que va a Cochin, en un Taxi-rickshaw apalabrado la noche anterior, que me costaría 2.000 Ptas. (14.02€) / día, cuyo chofer resultó ser eficiente y dinámico. Pronto pude comprender su "ingles" y así escuchar comentarios sobre las costumbres hindúes y sobre temas políticos y sociales que no conocía. Hablamos de las castas, familias, dotes que se dan a los maridos de las hijas, comidas… y hasta el intercambio de agua por arroz que hace el estado federal (Kerala) con el estado vecino de Tamil Nadu. Llegamos a Alepey donde alquilé una embarcación que me llevó por ríos y canales hasta la ciudad de Kottayam atravesando verdes arrozales, enormes extensiones de palmeras cocoteras y casas y poblados de pescadores y labradores que daban un interesante ambiente ribereño. Al final de todo estaba "mi Taxi" que había enviado por carretera. Galletas de maíz, fritos de coco y agua eran mi a limento. Continuamos viajando montaña arriba hasta la cota 800 para visitar el Parque Thekkali y el Lago Periyar. El trayecto, lleno de preciosos valles con plantaciones de té, fue tortuoso, lento y peligroso. Finalmente coronamos el monte y desde un pequeño pueblecito que allí había logre telefonear a Asturias. ¡Increíble!

 La lluvia me impidió tomar fotografías de los elefantes, alces, renos, jabalíes etc. que pasaban por delante. Con mi amiguete " el taxista” seguí mi ­recorrido hasta la ciudad de Madurai en el estado de Tamil Nadu donde con agua por las rodillas pude visitar el maravilloso templo de Meenakshi con 10 enor­mes "guparams" de 60 m. de altura y una sala con 985 preciosas columnas. ¡Que ­maravilla de templo! Tampoco aquí pude hacer fotografías. Habían comenzado las inundaciones. Tuve que abandonar a mi "taxista" y seguir por ferrocarril pues las ­carreteras estaban siendo cortadas por las aguas. Al hacerle la cuenta le pagué ­un día más y a punto estuvo de llorar cuando me despedía de él. Los trenes, aunque sucios, son el mejor transporte en este caso.

 A continuación me desplacé hasta la ciudad de Trichy para visitar el Fuerte de La Roca y posteriormente a Madrás. El aspecto dantesco que presentaba el campo y los pueblos, bajo la inundación, era sobrecogedor y hasta el tren tenía dificultades para circular.  Los trenes, aún sacando 1ª clase, son sucios y llueve dentro de ellos. A través de las conversaciones que mantuve, fui viendo las diferencias entre la India del Norte y la del Sur. Aparte del color de la piel (en el Norte son Indo-Arios) y aquí se parecen más a los paquistaníes  hay otras diferencias como: en el Sur hay más para comer, más trabajo, mejor ropa de vestir, menos ciegos y tullidos, menos fanatismo (muchas sectas hindúes comen carne de vaca), menos practicantes de la religión, etc.

 La India es 7 veces mayor que España; tiene una población de seis­cientos noventa millones de habitantes, hay 14 idiomas oficiales y 750 dialectos.

 El divorcio es algo difícil y caro, salvo en las regiones islámicas, en las que rige la ley del Co­rán es decir: basta que la mujer sea repudiada, aunque este tipo de divorcio o matrimonio no lo reconoce el estado. Aquí, en el Sur, no se fuma ni se bebe y además 2/3 de la población son vegetarianos. El sueldo de un maestro de escuela es de 5.000 Pts (30€). Paradójicamente La India, que consiguió la Bomba A­tómica hace 20 años, es un país de miseria y pobreza. Ver como beben todos del mismo vaso de hierro en una estación de Ferrocarril o como todo el mundo come con las manos (sabiendo que se limpian siempre el trasero con la mano y no con pa­pel) es algo difícil de asimilar. Se supone que los que han sobrevivido ya no hay virus que los mate pero… por el camino quedan millones de niños que no lo consiguen.

 Llegué a Madrás: calles inundadas, barro y varios muertos al haberse caído los débiles techos de las chabolas. Esta ciudad tiene más de 3 millones de habitantes. Aparte de unas preciosas piezas de bronce en el Museo Central y la Iglesia de Sta. María, no hay mucho que ver, sobre todo cuando llueve sin parar. Decidí volver a Bombay, pero esta vez en avión, pues por carretera era casi impo­sible.

 De los hoteles y pensiones debo decir que, aún pagando la mejor habi­tación, las sábanas llevan varias semanas sin cambiarse, las cucarachas "gigantes" las vas pisando todo el tiempo, y los chinches y mosquitos aparecen por docenas. ¡Vaya una papeleta cada noche! Así es la India.

 Bombay es una enorme ciudad cada vez más occidentalizada. La última vez que estuve aquí (1976), ya tenía aire occidental. Ahora solo se parece a una ciudad india en el hedor, la suciedad, la agobiante muchedumbre, los millones de pobres y niños harapientos, el hambre… etc. Dos días fueron suficientes para recorrer nuevamente la parte antigua y monumental, navegar hasta la isla Elefantina para visitar sus cuevas y templos, y hacer algunas ­compras en el precioso Hotel Taj Mahall de estilo oriental. Mientras estaba ­en Bombay sentía cierta nostalgia del Sur que había dejado días atrás: tan verde, tan auténtico, tan hospitalario… quizás vuelva otra vez… ¡cuando no llueva tanto!

 Cuando salía de la India comenzaba la fiesta del DIWALI, que reúne a toda la familia (parecido a nuestra Navidad). La gente decía: Happy Diwali… Happy Diwali, India. ¡Volveré! 

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