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Filipinas y Singapur

 Marzo de 1992

 Volé con KLM a Singapur ida y vuelta. Tanto en los aeropuertos como en los aviones los holandeses y, más concretamente, la compañía aérea, están llenos de detalles extras por todas partes, sonrisa y amabilidad. Son eficientes  y profesionales… me recuerdan a Iberia...

 De Singapur volé a Manila, capital de (Filipinas), colonia española hasta hace 100 a­ños y pronto pude comprender por qué la perdimos: no vale nada. Lamentablemente un empedernido viajero no puede evitar la tentación de visitarlo todo y por eso ocurre que de vez en cuando le toca a uno un hueso. Me sentí culpable, como español, porque durante 400 años de dominación no fuimos capaces de enseñar nada a esta gente, ni siquiera nuestro idioma, que por cierto casi nadie conoce.

 Desgraciadamente parece que solo les enseñamos una cosa: amar a Dios a través de la Iglesia…de la Iglesia del fanatismo, la Iglesia de la humi­llante y salvaje flagelación, del castigo y del infierno, la Iglesia que en un país de 60 millones de habitantes, con una enorme pobreza, sigue di­ciendo no a los anticonceptivos, no a ningún tipo de aborto.

 Basta haber presenciado, el día de Viernes Santo, una crucifixión real de las muchísimas que se producen para darse cuenta de la clase de Iglesia salvaje que tienen en Filipinas.

 La Iglesia tiene atemorizado al pueblo y a los políticos. La prensa habla de la Iglesia como si fuera el primer poder. Ésta quiere ser todo, y se la teme como en los tiempos de la Edad Media. Por si esto fuera poco los extremistas islámicos tiraron, en estos días, una bomba en una procesión y mataron a 10 católicos.

 El nativo tiene poca habilidad, hasta para los trabajos manuales, poco sentido de la estética y poco gusto en general. Se respira una cierta manía hacia los españoles y les gusta todo lo americano, que tratan de imitar. El sueldo de un obrero es de 500 Pts (3€) día trabajado es decir: unas 6 veces menos que en España. A la gente la contratan por debajo del pre­cio mínimo establecido y aún así hay muchísimo paro.

  La vivienda no puede ser peor, viven en la calle, en chabolas de cartón o de maderas que se las lleva el viento. Parecido a las favelas de Río de Janeiro.

 Los hoteles: caros, malos y sucios. La comida ídem de ídem. Creo que ya ­no me queda de qué hablar mal. Sí. De una oligarquía que, inmensamente rica, controla el país, adula y soporta económicamente a la Iglesia y que vive en zonas residenciales, con iglesia particular, vigiladas por cientos de policías y en donde, por supuesto, no se puede entrar pues hay barreras que lo impiden. A mí no me dejaron entrar a esa parte de la ciudad. Hay autén­ticas mansiones de lujo asiático. Por tanto el nativo de a pié está jodido entre la oligarquía y la Iglesia. Hay una cosa buena en filipinas: la sandía. Durante una jornada remonté en canoa el río donde se filmó la película ­Apocalipse Now. Recorrí algunos lugares e islas del archipiélago pero no encontré el encanto que normalmente encuentro en las islas del Pacífico.


 Marzo de 1992 

 Una parada corta en Singapur es siempre agradable. El nivel de vida ha mejorado sensiblemente en los últimos años y yo diría que se trata de la ciudad-estado  de nivel de vida más alto en esta zona.

 La población ya roza los 3 millones. Como datos curiosos mencionaría lo siguiente: no se puede fumar por la calle, ni por supuesto en lugares públicos, aviones etc. Fumar o tirar un papel en la calle supone una multa de hasta 1.000 dólares. Tener una pistola se penaliza con ­pena de muerte. Tener más de 15 gr. de droga también etc.

 El estado, como propietario, facilita el 85% de las viviendas y el 80% de los taxis, que son alquilados a cualquiera que lo solicite.

 No hay seguridad social y cada uno se paga sus gastos. Tampoco ­se paga el paro.

 La ciudad de Singapur es una gran tienda en la que continuamente tratan de timarte y lo consiguen casi siempre Pasé un día a Malasia donde había estado otras veces. Me recibieron los mosquitos de una ­plantación de árboles de caucho con gran entusiasmo.

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