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Panamá 12

 Febrero de 2012

 La República de Panamá, con una superficie equivalente a Andalucía, se hizo independiente de Colombia allá por 1903 (con la ayuda de los americanos y con el propósito del Canal) y en la actualidad tiene una población de unos 3,5 millones de habitantes.

 La capital, Panamá, tiene unos 600 mil pero está rodeada de una aglomeración urbana que se acerca a los  1,5 millones. La unidad monetaria es “el balboa” no obstante se utiliza únicamente el dólar. El idioma oficial es el español aunque se habla mucho el inglés americano.

 La población está formada por un 60% de mestizos, un 15% de negros y mulatos, un 10% de blancos, un 7% de amerindios y un 8% de asiáticos y otros. La esperanza de vida del hombre llega a los 73 años y la mujer a los 78. Son católicos un 80% y protestantes un 20%. El producto interior por habitante es de 7.000 US$, lo que supone una sexta parte del de España y, por ello y por la diferencia abismal entre las clases sociales, puede que traiga consigo la violencia, los robos, etc. Hay sólo un 7% de analfabetismo y menos de dos médicos por cada mil habitantes. Hay unos 300 casos de malaria al año, que no es mucho, y un 1% de adultos con VIH. Ocupa el puesto 28 de pobreza humana.

 Exportan banana, cacao, café, caña de azúcar, pescado, carne, aluminio, etc. Producen cerveza, leche condensada, cemento, tabaco y alcohol. Por supuesto el mayor ingreso lo tienen a través del Canal, de la bandera panameña que otorgan a los buques sin muchos miramientos, y de ser un “paraíso fiscal”.

 La Zona del Canal, era una franja de 8 km, a cada lado del mismo, cedida a los EEUU, en su día, a cambio de pagar un canon anual y en ella existía una base americana. El Canal tiene una longitud de 84 km y una profundidad de unos 13 m. El tiempo medio de tránsito es de 10 horas. Desde hace ya unos años tanto el terreno como las instalaciones del Canal son enteramente panameñas. En este momento trabajan 1800 personas en su ampliación y, precisamente, la empresa española Sacyr lleva el 48% del importe de las obras adjudicadas, unos 3.500 millones de euros. De los 13 mil barcos que lo cruzan anualmente, se pasará a 16 mil.

 En nada se parece aquel Panamá que visité en el año 1980 al que me acabo de encontrar ahora, transcurridos 32 años. El nivel de vida ha subido considerablemente y la edificación en la capital se parece ahora a la de Manhattan, además los servicios han mejorado mucho y hasta el Canal está siendo objeto de importantes mejoras. Dentro de la modernísima ciudad hay una zona residencial en la que parece concentrarse la gente “blanca”, (al parecer no son más del 10% de la población del país).

 Algunas cosas parecen continuar: las chivas (autobuses) siguen pintadas con temas religiosos, los coches siguen teniendo sentencias religiosas escritas en ellos junto con rosarios y demás, la corvina es todavía el pescado habitual, las especias son frescas y agradables y, en las playas, las mujeres siguen con traje de baño con faldita y su forma de hablar me sigue recordando a cubanos y canarios. Son muy religiosos, rozando el fanatismo, mientras que por otra parte, la violencia es muy alta y además tratan de robarte constantemente y en todas partes. Son buenos y hospitalarios y han aprendido a sobrevivir a través de las corrupciones y dictaduras de las que han sido víctimas durante muchas décadas. No obstante, acusaría al panameño, en general, de ser algo indolente.

 Disfruté del interesante trayecto en tren entre Panamá en el Pacífico y Colón en el Atlántico, que discurre a lo largo de los 70 km del Canal y lago Gatún, atravesando hermosas y exuberante zonas de vegetación tropical. Es un viaje recomendable a todo viajero. Una vez en la ciudad de Colón aparece el problema: es peligrosa, sucia y sin interés de ningún tipo; así que me pareció conveniente dejar la ciudad y acercarme a visitar las playas de Portobelo, las que resultaron no ser una maravilla.

 Con el correspondiente transbordador visité las islas de Taboga y  Contadora. Admiré de ésta última su belleza y la de sus muchas playas, la limpieza, la vegetación tropical, la bonita arquitectura de algunas casas-chalet y recorrí palmo a palmo la isla lo que, dado su diminuto tamaño, no me llevó más de dos horas. No dejé tampoco de acercarme a las instalaciones del Canal para observar el paso de los barcos por las esclusas y bajo los puentes del Centenario y de las Américas. Ambos soportando sobre ellos la famosa carretera panamericana.

 Resulta vergonzoso que una ciudad moderna como  Panamá vierta la totalidad de sus aguas residuales al mar y lo haga justamente delante de la zona más moderna de la misma. Ni siquiera se han molestado en conducir las aguas hasta una cierta profundidad y a través de una tubería. No. La “mierda” de toda la ciudad se tira en la misma orilla al lado de un lujoso paseo construido no hace mucho tiempo. Los olores son pestilentes y el grado de contaminación de las aguas es altísimo.

 La comida es buena: pescados, ceviches, etc. y los precios son muy asequibles. Estos primeros meses del año ni llueve ni hay mosquitos; los días son muy soleados y la temperatura anda por los 30 grados. Aproveché para hacer senderismo por algunos de sus parques naturales como el llamado de Soberanía: verdaderos bosques selváticos o tropicales con árboles de enorme desarrollo, una verdadera jungla. Gran biodiversidad, más de 500 aves diferentes avistadas en un día, más de 500 mamíferos, jaguares, etc. Me adentré unos 5 km en la jungla y disfruté del maravilloso espectáculo de su vegetación: árboles gigantescos con hojas de más de 1m de longitud, miles de pájaros exóticos y mariposas de colores, mamíferos que cruzan frecuentemente el camino, etc.

 Algunas zonas de la capital son peligrosas y hay que llevar especial cuidado; lógicamente se trata de las más humildes ya que son las más necesitadas. Pueden verse constantemente, y por toda la ciudad, policías armados hasta los dientes vigilando bancos y negocios de todo tipo. La sensación que ofrecen no es muy agradable.

 El panameño, con su comportamiento y forma de vida, tiene mucho que ver con los americanos que durante tanto tiempo ocuparon y controlaron su país. No hay nada malo en ello, simplemente se percibe. Es muy significativo el hecho de haber aceptado el dólar americano como moneda-divisa de Panamá.

 Hasta otra.   

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