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Chile-Atacama 05

 Noviembre de 2005

  Creo haber perdido la cuenta sobre el número de veces que he visitado Chile. Cuando no ha sido para recorrer el país,  ha sido para saltar a la Antártida o al archipiélago de Juan Fernández, Isla de Pascua, etc. En este caso lo he hecho sólo para ver el maravilloso desierto de Atacama.

  Por supuesto, desde Santiago, tuve que volar a  Calama, a unos 1.800 Km. al norte para, después, tomar el autobús a San Pedro de Atacama, a unos 100 Km., donde tuve mi base por unos días. El tiempo fue muy agradable durante el día y era solamente durante la noche que la temperatura bajaba bastante y necesitaba unas gruesas prendas de abrigo.

 Me alojé unos días en una pensión muy cara, pues  en San Pedro todo es caro; hay cientos de ellas en ese conglomerado de callejuelas formadas por edificios de una planta aunque están aceptablemente limpias. No hay gran confort. La comida, que se incluía en el hospedaje, venía siempre en pequeñas cantidades; ahora bien, estaba bien elaborada y quería ser autóctona y tradicional. La encontré original y sabrosa.

 Me llamó la atención la blanca y vieja iglesia, en cuyo interior puede verse el techo construido con la madera obtenida de algunos cactus.

Por las noches, cuando llegaba de darme largas palizas en mi 4x4 recorriendo los lugares más interesantes, cenaba y me daba una vuelta por el pueblo. Las calles estaban llenas no solo de extranjeros sino también de turistas chilenos y de chilenos que, cansados de la vida de la capital, se asentaban en San Pedro. Se incorporaban a una especie de “bohemia de otros tiempos” formada por algunos chicos de “casa bien” o, simplemente, habían ido a buscar trabajo, fortuna o aventura. Me recordó la isla de Ibiza en Baleares, destino de gente conservadora que, apenas llega a la isla, se disfraza para integrarse en el ambiente que la caracteriza. En fin, que yo lo llamaría esnobismo y que, en el caso que nos ocupa, parece que intentan vivir como se hacía hace 100 años en estos parajes. En cualquier caso, algo que uno no espera encontrar en un desierto. Me sorprendía escucharles decir: “Me he venido acá a vivir porque la vida en Santiago lleva un estrés insoportable”…como si de New  York se tratara. Bueno, todo es relativo.

  Con mi vehículo alquilado recorrí cuanto pude durante los 10 días que duró mi visita. Teniendo en cuenta que el desierto se acerca a los 100 mil kilómetros cuadrados no puedo decir que me lo haya pateado…Fueron visitas obligadas: Los famosos Géiseres de Tatio, de gran interés; el Salar de Atacama, con su Reserva Nacional de los Flamencos; el valle de La Luna, el de la Muerte, etc., en los alrededores de San Pedro. Por supuesto otra buena docena de sitios de los alrededores con dunas, acantilados, valles, montañas, etc. Parajes, algunos, a 3.000 m de altura. En algunos rincones donde persistía la humedad, las llamas se las arreglaban para alimentarse del pequeño verdor que allí había.

 Un francés, que disponía de varios telescopios en las inmediaciones de su casa, daba unos interesantes cursos nocturnos de astronomía que no me quise perder. Esta altiplanicie desértica, a unos 2.000 m de altura, sin humedad, alejada de cualquier luz, con sólo una precipitación anual de 1 litro por metro cuadrado, etc. es el lugar ideal para instalar un telescopio. Al pié de los Andes, qué maravilla.

 En este desierto hay sitio para todo: puedes encontrarte una explotación minera al doblar la esquina o unos chicos haciendo surf sobre los taludes de las dunas. Otra de las cosas interesantes de este desierto es el brote de algunas flores en determinadas épocas del año y la existencia de nieves perpetuas. Curiosa su ubicación, entre el mar y los Andes.

 Recorrí, además, unos cientos de Km. por la ruta 5, hacia el Norte, para llegar hasta Arica, deteniéndome en  Iquique y algunos parques nacionales. Fueron, también, visitas obligadas Antofagasta y la gigantesca mina de cobre a cielo abierto en la que pude contemplar el sistema de trabajo y los enormes dúmpers con los que se sacaba el mineral del gran “agujero”.

 Aprovechando mi visita a Santiago me acerqué a ver algunos viñedos y bodegas de reconocido prestigio. Chile, en la fecha de mi visita, rondaba los 16 millones de habitantes, su renta per cápita los 8.000 dólares y lucía una ascendente prosperidad. Saboreé sus vinos, sus frutas tropicales y, una vez más, disfruté de la capital con un tiempo maravilloso.

 Hasta otra Chile.

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