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Brasil(el)-Amazonia 93

  

 

Abril de 1993

 Manaos, capital de la Amazonia brasileña, ha sido el punto de partida ­de este viaje. Tuvo su esplendor hace unos 100 años cuando se pagaba el caucho a precio de oro. Alcanzó tal nivel de riqueza que los dueños de ­las caucheras hicieron construir una Ópera en medio de la amazonía, que fue inaugurada por Caruso con la Gioconda. 

 Parte de la compañía falleció a consecuencia de las fiebres. Los dueños de las caucheras se vestían con ropa traída de ­Londres. Pero, finalmente, llegó la decadencia total al abrirse plantaciones ­de caucho en Malasia y al conseguirse el caucho sintético. La ciudad cayó en la pobreza y lo único decente que quedó fue aquella Ópera erguida en medio de la amazonía, traída piedra a piedra desde Inglaterra. En primer lugar las piedras cruzaban el Atlántico en barcos de vela y posteriormente, en barcazas, remontaban el Amazonas, unos 800 Km Si además tenemos en cuenta las vidas perdidas por las fiebres y por los ataques de los indios durante el trayecto, nos haremos una idea de lo que supuso la hazaña.

 Pocas horas después de la llegada a Manaos salía en una embarcación de pequeñas dimensiones, pero con un buen motor, por el río Negro abajo junto con  otros dos "intrépidos" viajeros (uno italiano y otro brasileño) que conocí en el puerto y que quisieron unirse en la aventura. Pronto pude comprobar que se trataba de gente estupenda para este tipo de viaje y que, además, tampoco se conocían entre ellos, por lo que tengo que reconocer que todo fue suerte. La embarcación, que tendría sus 50 años, era un casco de madera con unos asientos y un rincón a popa para el motor, un tanque para el com­bustible, una bombona de gas con parrilla para hacer el pescado y dos rifles. El patrón, OTILIO, a quién pagábamos 50$ diarios, era un tipo fenomenal de unos 60 años, alegre y vividor, que conocía aquella zona de la amazonía muy bien por haber nacido y vivido allí. Había comprado arroz, espaguetis, café, galletas y agua y dijo que con todo eso y con lo que pescásemos tendríamos más que suficiente. Y así fue, pero acabamos hartos de pescado de rio. Por las noches buscábamos algún cobertizo en la orilla, empleado como embarcadero de caucho en otros tiempos donde, al aire libre y por medio da unas hamacas, tratábamos de dormir, lo cual era toda una aventura.

 El viaje comenzó y a las pocas horas de navegación se levantó una tormenta, más bien un tornado, que nos lanzó contra la orilla opuesta. Hay que ­decir que en este punto el río tiene una considerable anchura lo que origina la formación de oleaje. Finalmente nos amarramos a un árbol y con tal mala suerte que de él saltó un mono "barrigudo", especie peligrosa, que atacó y mordió a mi compañero el italiano, abriéndole una ­herida de unos 4 cm. en una pantorrilla. Pudimos, poco después, continuar navegando río abajo y llegar al encuentro de las aguas del Amazonas (llamado por esta zona el Simoes). El Amazonas se presentaba gigantesco, con bastante velocidad y sucio, debido al arrastre del barro de las orillas. Las aguas del Negro, de color casi negro, debido al ácido húmico, tardan varios kilómetros en unirse a las marrones del Amazonas. Parece ­ser un problema de densidades, y resulta interesante verlas discurrir juntas ­pero sin mezclarse, hasta el extremo de marcarse una perfecta línea entre el negro y el marrón. El agua que estaba pasando en ese momento por segundo equivalía a las necesidades diarias de una ciudad como Valencia.

 Comenzamos a remontar el Amazonas donde, con frecuencia, las aguas estaban cubiertas por enormes prados de plantas acuáticas. Los delfines de agua ­dulce saltaban y abundaban los TUCUNARES y los PIRARUCUS, pescados de muy buena calidad que pescaríamos mas adelante, al igual que YACARES (caimanes).

 Por la noche, durmiendo en tierra, bajo un destartalado cobertizo de ramas de palma, descubrí mi primera ARAÑA NEGRA, de un palmo de tamaño, que me impidió dormir tranquilo. ¡Vaya viaje!

 Al día siguiente, y como siempre al amanecer, seguimos remontando todo el día el Amazonas disfrutando de la exuberante vegetación de las orillas, del paso de las CURIARAS, pequeñas embarcaciones de remos, de la visión entre  los árboles de nativos y cebúes etc. Al comenzar a caer el sol nos pusimos a pescar para la cena y lo que más pescamos, como ocurría siempre, fueron PIRAÑAS; pues son tan voraces que no dan tiempo a los demás peces a picar el anzuelo con tranquilidad. La piraña no te ataca en el agua a menos que tengas una pequeña herida sangrante en alguna parte del ­cuerpo. A la plancha saben aceptablemente bien, siempre que les pongas abundante sal o pimienta. La noche llega y con ella el problema de conciliar bien el sueño, esta vez el sitio elegido estaba lleno de IGUANAS de color verde claro las que, sin moverse, nos observaban continuamente desde su rama. Esta noche dormí mejor, bueno, quiero decir algo.

 Al amanecer tomamos un diminuto afluente, por la izquierda, que venía de la misma cuenca que el Negro (esto ocurre en invierno, en época de inundaciones, cuando el nivel de las aguas sube tanto que se unen unas cuencas con otras). Estuvimos todo el día remontándolo, era muy estrecho y podíamos casi tocar las ramas de los árboles de la orilla. Esta zona estaba llena de GARZAS preciosas  con un aire distinguido. Al final del día uno ha pasado por aguas limpias, sucias, con caimanes, con palmeras… y ha pasado, también,  por el váter varias veces, pues comíamos fruta todo el tiempo e íbamos como una moto sin tubo de escape. Asusta, un poco, sacar el "trasero" fuera del agua, pues siempre crees que puede venir una piraña o un caimán y pegarte un mordisco. Cuando al final el sol cae, sobre las 6 de la tarde, parece que el calor empieza a soportarse y comienza el descanso… no para los mosquitos que es cuando comienzan el ataque. El descanso dura poco pues, además, tienes toda clase de animales, bichos, reptiles, etc. cuyo ruido durante la noche te pone, algunas veces, la carne de gallina. La hamaca empieza a resultarme algo más cómoda. Las noches pueden hacerse largas pues tampoco la humedad y el calor te dejan dormir.

 A la mañana siguiente, nuestro cuarto día de navegación, entramos en la densa jungla de esta zona del río Negro y navegamos sin parar hasta la hora de comer. Se nos ocurrió parar bajo los árboles de la orilla donde, apenas llegamos, fuimos atacados por miles de HORMIGAS VOLADORAS venenosas por lo que salimos zumbando. Esa tarde cruzamos zonas extensas de árboles caucheros y pequeños poblados abandonados hace más de 100 años. Nos detuvimos a coger CUPUASU y TAPAREBA que son frutas sabrosas de árboles de la jungla. Al caer el sol, rendidos, nos detuvimos a dormir al pié de un SAMAUMA, árbol de enormes dimensiones (10 m. de diámetro), que según Otilio es aún mas grande que el SEIBO y la SEIBA, dentro de los ­cuales los nativos hacen casas. Cerca de allí había ACARICUANDOS que son árboles con la madera más dura que hay en Brasil, esta madera no flota y las termitas no ­pueden entrar. Por la noche Otilio nos enseñó a cazar caimanes con las manos. ¡Nunca pensé que podría hacerlo! Se quedan como los conejos, atontados por la luz de la linterna, momento que aprovechas para cogerlos pon detrás de la cabeza y por la co­la.

 Naturalmente no lo intentas con los grandes, pues puedes perder un brazo o...algo peor.

  Al siguiente día seguimos remontando la cuenca del Negro siguiendo riachuelos y canales laterales después de un desayuno frugal formado por un fruto llamado TUCMAN, especie de…no sabría decir, pero dulce y del tamaño de la ­lima; también MANGOS y GUARANAS, este último muy conocido en América del sur, del que dicen que es muy afrodisíaco… yo no noté nada. Al mediodía nos detuvimos a comer el consabido arroz con pescado al pié de un LAITAUNA, enorme árbol de madera ­dura que se emplea para la construcción de casas por toda la Amazonia. Al pié del ­árbol llegaron unos CUATIS, que son una especie de enormes ardillas que querían jugar con nosotros.

 Por la tarde vimos, cerca de la orilla, una CHIBOALLA, culebra de u­nos 7 m, que no es la mayor de la zona, pues la SUCURI (ANACONDA) puede llegar a 10-12 m Por la noche tuvimos una gran charla hasta las tantas hablando con Otilio sobre los problemas de Brasil: inflación del 1200% anual, lo que quiere decir que la vida sube un 5% diariamente; la promiscuidad y la imperiosa necesidad de ponerse siempre la "camisiña". También hablamos de la jungla y de un amigo de Otilio ­que murió víctima de una mordedura de YARARACA, serpiente que al morderte te coa­gula la sangre en menos de 10 segundos.

 De madrugada subimos a la copa de una SEIBA por una escala que fue hace muchos años construida por los caucheros para vigilar el rió. En la subida un CHEIRO, mono pequeño, (pero bien "ferramentado" como puede verse en una de las fotografías) se empeñaba en querer jugar conmigo. Desde arriba podía verse el sol y varios Km de selva y río. También se oía cantar al ALENCOA que es un pajarraco ­grande cuyo canto se oye en varios Km. a la redonda y que además no te deja dormir cuando el día comienza a clarear

 Comenzamos la navegación del día, siempre "pegajoso", bochornoso y con poco sol directo, pasando entre árboles en los que se columpiaban monos ARAÑA, casi todos hembras con sus crías medio colgando, que nos recibían con unos gritos que no eran, precisamente, de júbilo. Mas tarde, Otilio nos contó que por aquella zona había PURAQUES, anguilas cuya descarga eléctrica de 2000 V. mataba a una persona de dos coletazos. Seguimos navegando todo el día, desviándonos para remontar me­jor por el afluente YARAQUI. A la hora de la comida nos adentramos entre unos gigantescos castaños, de envergadura 10 veces mayor que los nuestros de Galicia y cu­yas castañas tenían un tamaño superior a un palmo. Por la noche, de vuelta a la hamaca, los ruidos, cantos, gritos y mosquitos no me dejaban dormir, ni descansar… ni siquiera pasar miedo… solo pavor.

 Finalmente, tras un nuevo y largo día de navegación nos acercamos a una zona de la selva habitada por indios. Pude "robarles" algunas fotos ­pero sin cambiar palabra y por supuesto sin tocarles. Llevan una vida totalmente ­primitiva y conocen la selva, las plantas medicinales y la fauna perfectamente. En esta zona hay muchos árboles con hojas cortantes que te hacen heridas como si de una cuchilla de afeitar se tratara. Todos nos cortamos alguna vez.

 Al día siguiente comenzamos el descenso, en medio de una buena tormenta, navegando día y noche, turnándonos con el timón durante el día mientras Otilio,  dormía, dejándole a él la noche, pues resultaba peligroso para alguien que no conociera bien el rió.

 Todo resultó muy bien: los compañeros, el barco y su motor que aguantaron unos 1.300 Km, y sobre todo OTILIO, ese tipo con su propia filosofía de la vida. Hay algunas anécdotas… pero no se pueden contar.

 De vuelta a Manaos para, al siguiente día, comenzar el regreso para España.

 

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