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Belice

Enero 1994

 Tras 370 Km recorridos a lo largo de la carretera costera del Caribe mejicano, llego a una de las fronteras más cutres que he cruzado en mi vida: Belice. Curiosamente  todavía, tras 23 años de independencia de la corona Británica, los beliceños tienen soldados ingleses controlando su propia frontera con México. Nadie ha sabido colonizar como los ­británicos.

 Con una superficie de unos 25.000 kilómetros cuadrados,  tiene una población de 200.000 habitantes, en su mayor parte negros y mulatos, y una ­riqueza agrícola  basada principalmente en la caña de azúcar, bananas y algunos cítricos. El nivel de vida es muy bajo, pero la población no parece ­pasar hambre.

 Tras atravesar la frontera, hago noche en un precioso rincón al lado del mar, llamado “La Taberna de Tony”, con unos ponches de ron caribeño, puesta de sol inmejorable y un maravilloso amanecer que me apresto a fotografiar antes de continuar con mi “escarabajo" adentrándome por el país en dirección a Belice, ciudad, que me queda a unos 130 Km. El recorrido es lento, pero "placentero". Atravieso enormes plantaciones de caña de azúcar que cubren valles enteros, palmeras cocoteras, plataneros… ¡esto ya es el Caribe que tanto me gusta! Igualmente cruzo pueblecitos con casitas de madera, pintadas en colores fuertes cuyo brillo el fuerte sol ha apagado pero que mantienen su dulzura y languidez… los simpáticos y delgaduchos negritos, tí­picamente caribeños, con su machete al cinto, los camiones cargados a tope con caña de azúcar, pues es la época de la cosecha. ¡Ay, qué maravilla de aire y colores caribeños! Finalmente llega la tarde y el sol comienza a declinar y al filtrarse entre las palmeras y la densa vegetación aparece una policromía de verdes que pasan a ocres amarillentos…  nuevamente EL CARIBE.

La ciudad de Belice es pequeña, pero llena de color. Sus habitantes, unos 50.000, parecen estar de acuerdo en vestir con colores distintos, vivos, exóticos y todos parecen limpios, impecables, quizás por el contraste con el color de su piel. Los niños van vestidos, también, con llamativos uniformes del colegio… las casas siguen pintadas en colores y todo el ambiente tiene la paz y la lentitud que caracteriza al Caribe. Lo antiguo y lo nuevo se juntan estrepitosamente: sobre sus edificios viejos de madera pintada un anuncio de Coca Cola o unos pantalones vaqueros colgados a secar, ofrecen un contraste agradable, al igual que un negro lavando un viejo Cadillac de los años 60…  Hay más aire caribeño en cualquier esquina de Belice que en los casi 400 Km de costa mejicana que acababa de recorrer. No todos los países que dan al Caribe son caribeños.

 Continúo recorriendo el país y atravesando poblados y plantaciones, comiendo su comida y bromeando con su gente que habla un inglés semi-criollo, pero que saben reír abiertamente. De sus comidas recuerdo el ceviche: picadillo de calamar, pulpo y camarones que mezclan con cebolla y pimientos muy troceados y zumo de lima por encima.

 Belice es un país lleno de flores y vegetación tropical que lo hacen muy atractivo a un turismo que, lamentablemente, no existe. 

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