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Santa Lucía 16

 Marzo de 2016

 Allá por el año 1991, hace ya la friolera de 25 años, visité por primera vez esta preciosa isla tropical de Santa Lucia compuesta por montañas puntiagudas y preciosas playas y cubierta por una verde y hermosa vegetación tropical. Se trata de un lugar paradisíaco al que me prometí regresar tan pronto como pudiera. En esa ocasión di una detenida vuelta y contemplé su exuberante belleza. Entonces su población era de 150 mil habitantes de los que el 90% eran negros.

 En ella adquirí una buena parte de los objetos de decoración que más tarde colocaría en una casita, sin grandes pretensiones, que adquirí en la costa mallorquina de la Colònia Sant Pere. Los objetos, cuadros, pinturas y telas, hacían referencia a la vida naïf de los negros del caribe: sus casas de madera pintadas en colores, sus traslados en humildes bicicletas, su vida cotidiana, etc.  Entonces las gentes de esta isla portaban veraniegas ropas de múltiples colores  que, sorprendentemente, mantenían su brillo debido a que las lavaban a mano y secaban al sol sobre la hierba. De esta forma los colores, quizás conseguidos con tintes naturales, se mantenían con cierto frescor a pesar de tratarse de ropa humilde y bastante usada.

 Dado mi enamoramiento por la isla, mi segundo viaje tuvo lugar solo 4 meses más tarde: en junio del mismo año. Así que volví a recorrer la isla, con más detenimiento aún, y contemplé preciosos rincones de la costa, al igual que frondosos valles tropicales, disfrutando también de la abundancia de enormes plantaciones de bananos. Los ponches de ron, la piña colada y el calipso, contribuyeron a contemplar la isla con el “ritmo” y la mejor de las aproximaciones. Los colibríes aparecían frente a mi balcón desde primeras horas de la mañana en aquel hotel llamado Santa Lucía, con playa privada, que era el lugar ideal para cualquier visitante. Mis ojos, que creía eran marrones, se volvieron verde claro  y en ocasiones grises azulados. La luz del Caribe suele producir esa nueva apariencia en los ojos de los visitantes.

 En esta isla hay preciosos y caros puertos deportivos debido a la afluencia de turismo de alto standing y al hecho de haber residentes americanos ricos. Los yates son bellos, de preciosos diseños y de precios incalculables. Había, por otra parte, auténticas mansiones de lujo; algo así como en Las Bermudas.

 Era tiempo de regresar a este paraíso; así que volví de nuevo. Dependiente del Reino Unido o de la Corona Británica, que es lo mismo, se trata de una preciosa isla con unas aguas especiales, como lo es su vegetación, su orografía, sus flores, sus pájaros, etc. Tiene el tamaño de Ibiza pero solo con una población de 170 mil habitantes, de los que un tercio están en la capital Castries. Como divisa siguen con el “dólar del caribe oriental”. Salvo un 1% de blancos y un 2% de indios, el resto lo componen negros y mulatos. Un 65% son católicos y el resto protestantes, más algunos ateos. Además de la gran producción de plátanos, los principales ingresos son el turismo y las finanzas  que, de alguna forma, constituyen un paraíso fiscal.

 La renta por habitante anda por los 7.500 dólares. No todo es, quizás, perfecto pues todavía tienen en vigor la pena de muerte. Recorrí cuanto pude de la isla, visité detenidamente la capital Castries, el área del albergue de Serafin, lleno de flores de loto, nenúfares y garzas y otros rincones tropicales y por supuesto contemplé muchas entradas del mar, muchos barcos de vela, muchas casas pintadas de colores…pero esta vez no me he encontrado con el aire caribeño de viajes anteriores…sigo pensando que no es conveniente volver a aquellos sitios que nos han enamorado pues nos exponemos a “arruinar” el bonito recuerdo que teníamos de ellos. Vi muchos árboles con flores y, por otra parte, constaté el poco valor de Castries, la capital, en la que no había estado jamás. En sus zonas portuarias hay muchos rastas y mucha gente colgada; no obstante además de hablar el criollo natal se defienden bien en francés e inglés. Curiosamente la famosa Alianza Francesa, que no pinta mucho en este país británico, imparte sus clases en un edificio aislado, de forma piramidal, con una arquitectura muy original. Muy montañosa, con el sol tan vertical en este mes de marzo que casi no había sombra cuando llegaba el mediodía.

 En la misma y pequeña capital Castries, está el aeropuerto, el helipuerto y el puerto de los enormes cruceros: todo junto, jamás lo vi, en parte alguna, y en tan poco espacio. Cuando caía el sol se veían el Petit Pitón y el Gros Pitón, montañas muy puntiagudas, situadas en las inmediaciones de Soufriere, lugar que había visitado en viajes anteriores. Es muy posible que vuelva.

Hasta otra.

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