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Martinica 16

 Marzo de 2016

 En 1987 visité por primera vez Martinica, esta verde isla francesa, llamada por Colón “isla de las flores”. Los franceses la colonizaron en el siglo XVII y desde entonces ha sido francesa, hasta el punto de convertirse en un Departamento francés más, como puede ser Marsella, pero en ultramar.

 Tiene una población de unos 400 mil habitantes, de los que su capital Fort-de-France ya cuenta con 170 mil y en ella hay un interesante museo de Paul Gauguin, actualmente en reforma. Solo hay un 3% de franceses blancos, un 2% de indios y el resto, el 95%, son  mulatos. Tiene algunas playas muy tropicales y algunos puertos deportivos muy bonitos. Entonces, recuerdo, compré una preciosa colección de mariposas autóctonas.

 De nuevo volví en abril de 2010. Su belleza seguía radicando en la naturaleza tropical en la que abundaban las cascadas, la accidentada orografía, la densa vegetación y el bosque húmedo el que, según National Geographic, deberíamos llamar bosque tropical. Disfruté de sus múltiples palmeras cocoteras, de las distintas variedades de mangos, tulipas de Martinica, aguacates, buganvillas, flamboyanes, palmeras del viajero, caoba con su verde fruto, mango rojo, almendros tropicales, pomelos, manzana-canela, nuez moscada, helechos gigantes, flor de Bali, poinsettia, palmera botella, caña de azúcar, cacao, café, piña tropical, bananos, orquídeas, etc.  En este segundo viaje, con vehículo y chófer local, me adentré en zonas selváticas, acercándome al volcán Pelee y disfrutando del paso sobre ríos que atraviesan la selva, de la visita a los picos Pitons du Carbet, y de los pueblos de Balata, Le Morne Rouge, St. Pierre, Belle Fontaine, etc. Bellísima vegetación: verde, exuberante, densa y húmeda. Además miles de serpientes que silban constantemente, mangostas por doquier, pájaros de muchas especies…en fin: un verdadero placer para el amante de la naturaleza.

 Ahora, en 2016, tras haber pasado unos 6 años desde mi última visita, me recreo nuevamente en su belleza natural, en su palpable origen volcánico, en su facilidad en recorrerla pues no es mayor que nuestra Menorca (la que, dicho sea de paso, es mayor que Ibiza a pesar de que su nombre parece indicar lo contrario). Plátanos, caña de azúcar, piña tropical y todos los derivados y transformaciones de ellos, son sus productos de exportación. El 85% son católicos y el resto protestantes. Son mulatos el 80% y el resto son negros y mestizos. Utilizan el euro y solo tienen 2,3 médicos por cada mil habitantes. Su renta por habitante es de 18 mil euros (España 30 mil) y el paro asciende al 23%. Su capital, Forte de France, sigue valiendo muy poco. La vegetación, que la describo con detalle en viajes anteriores, es realmente espectacular. Aquí, curiosamente, no utilizan el fruto del árbol del pan ni como pan, ni como postre, no, simplemente lo fríen como si fueran patatas. Podría hablar largo y tendido sobre la belleza de su enorme bosque tropical, de su agreste orografía, de su alta biodiversidad, de sus árboles con flores, de sus ríos…de cómo fabrican ese ron natural que entra en el cuerpo y nos hace sentir mejor, más caribeños, más felices.

Hasta otra.

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