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Guadalupe 16

 Marzo de 2016


 Volé desde el viejo aeropuerto de Orly, que es algo así como volver al París de los 60. Entonces, Charles Aznavour lo mencionaba en una de sus canciones diciendo que los parisinos se iban los domingos a visitarlo: era la gran novedad. Aunque todo él ha sido revestido de PVC blanco, tanto paredes como columnas, es tan estrecho y pequeño que el embarque a Pointe a Pitre, capital de Guadalupe, en un avión AIRBUS A-380 que se  llenó con 516 pasajeros, supuso una cola previa de varias vueltas. Orly-Ouest es del tamaño equivalente a un aeropuerto de provincia. En fin, tras unas 9 horas de vuelo, aterrizaba una vez más en Guadalupe.

 En mi primera visita, allá por abril de 1995, ya recorrí las dos islas principales que componen el archipiélago de Guadalupe, que juntas tienen forma de mariposa y que están simplemente unidas por un puente llamado Gabarre. Nuevamente, en abril de 2010 regresé a este archipiélago, en total 6 islas, de las que solo 2 tienen relevancia: Basse Terre y Grande Terre aunque, añadiría una tercera, muy pequeña y poblada solo por blancos, por su nombre encantador: María Galante. En ese viaje pude constatar que sus costas no tienen especial valor pero sí su exuberante vegetación. Lógicamente fue nuestro Cristóbal Colón quien las descubrió. En aquella ocasión, recorrí las islas, de sol a sol, con la ayuda de un pequeño coche que alquilé y al que le hice un montón de km que sorprendieron al tipo que me lo alquiló.

 Sus gentes, también entonces, me parecieron más amables que ahora, pues con el paso del tiempo y el incremento del nivel de vida este tipo de valores en los nativos, lamentablemente, suele ir perdiendo fuerza y la dulzura y candidez de los isleños caribeños va descendiendo; por otra parte los estándares de limpieza han ido bajando debido quizás a una más alta industrialización.

 La fruta sigue siendo buenísima y el ron, sobre todo el de la marca “planteur” ya no digamos. Los pueblos han ido mejorando pero, en cualquier caso, jamás tuvieron el encanto caribeño de otros archipiélagos; yo diría que lo que persiguen ellos es parecerse a su metrópoli parisina. Esta vez me alojé en un antiguo y colonial hotel cuya apariencia exterior era muy agradable pero en cuyo interior reinaba el abandono y la suciedad. Sus 420 mil habitantes, católicos en su mayoría, vivían de exportar azúcar, ron, café, cacao y vainilla pero ahora tienen una importante industria de transformación que les permite tener un mayor nivel de vida y exportar mucho más, sobre todo a su propio país: Francia, del que son nacionales como los canarios lo son de España. Ensamblan coches, fabrican cartón, plásticos, etc. Estas islas pueden tener la superficie de Ibiza y Menorca y forman un departamento francés de ultramar. El nombre de Guadalupe viene del Monasterio del mismo nombre que hay en Cáceres.

 Aunque la capital sea la pequeña localidad de Bassterre, con solo 12 mil habitantes y situada en la isla del mismo nombre, es Pointe a Pitre, situada en la isla Gran-Terre, la ciudad donde está la mayor parte de la población y actividad: puerto, aeropuerto, etc. Por supuesto su divisa sigue siendo el euro. Los blancos no llegan al 3 % y los mestizos se acercan al 80%; el resto son negros. A pesar de ser Francia y estar en la UE,  lo cierto es que solo tienen 2 médicos por cada 1.000 habitantes pues la renta por habitante es inferior a la mitad de la Francia continental.

 El paro anda por el 23% y aunque el idioma oficial sea el francés, lo que hablan es el francés-criollo que no hay dios que lo entienda Por supuesto hay un latente peligro de robo. Un 85% son católicos y el resto está repartido entre protestantes y otras creencias. La pintura de las fachadas de las casas de las ciudades, tiene habitualmente moho y casi siempre es blanca y está desconchada y sus tejados, de chapa ondulada, también están descoloridos y muy mal conservados. Los balcones suelen ser corridos y rodean el edificio.

 Los plátanos son grandes y dulces como los de Canarias; se beben muy buenos zumos de guaba y se comen buenos croissants de mantequilla y baguettes crujientes, lo que prueba su cultura francesa. Un domingo presencié una especie de desfile de carnaval en el que solamente había mujeres y coincidía también con el día de la madre de los creyentes protestantes. Resultó agradable. También asistí a unos bailes regionales que se desarrollaron en la plaza del mercado de Pointe a Pitre, cerca de la catedral de San Pedro y San Pablo de escaso valor.

 Recorrí la isla de Basse-Terre tras cruzar el puente de La Gabarre. Como en otros viajes me fui hasta el volcán, que sigue inactivo, pasando por plantaciones de bananos, de caña de azúcar y de piña tropical. Me detuve a visitar una destilería para ver, una vez más, como hacían el ron agrícola (simplemente trituraban la caña y fermentaban la melaza, que es el zumo de la caña) pues en otras islas hacen un ron industrial que consiste en la destilación de la azúcar. He visto chirimoyas, el árbol de Gabón (de flores rojas pequeñas), caña lista para ser recolectada (de casi 4 m de altura), kilómetros de bosque tropical, cascadas, algunos ríos, muchas palmeras cocoteras, muchos árboles del pan, pándanus, cactus en flor, gigantescos helechos de sombrilla, playas, etc. Recorrí la costa por Petit Bourg, (tras haber subido a la famosa cascada de Ecrevisses), Goyave, Sainte Mari y otros pueblos sobre la costa este. Y en otro recorrido hice: Trois Rivieres y Basse-Terre. En mi anterior viaje había visitado las cascadas de Carbet y el famoso volcán de Soufriere.

 Las heliconias florecen por todas partes al igual que las balinesas, las rosas de porcelana, etc. Las comidas criollas, que son fuertes y con muchas especias, son muy sabrosas pero con pesadas digestiones.

HASTA OTRA.

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