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Santo Tomé y Príncipe

 Febrero de 1998

  La pequeña y encantadora isla de Santo Tomé, algo así como Ibiza de grande, esta poblada por unos 130.000 negritos muy hospitalarios, diligentes y, sobre todo, encantados de tenerte entre ellos; justamente lo contrario de sus vecinos de Gabón y, curiosamente, son muchísimo más pobres que ellos. Pienso que la influencia de Portugal ha sido beneficiosa. Me recuerdan las islas de Cabo Verde. La islita de Príncipe, una décima parte de lo que es la de Santo Tomé, sólo tiene unos 8.000 habitantes,  una especie de Formentera.

 Este pequeño país se independizó de Portugal en 1975 y, finalmente, en 1991 el gobierno dictatorial comunista, que se había implantado desde la independencia, dio paso a un sistema democrático. Aunque el idioma oficial es el portugués, una gran mayoría habla  un criollo portugués. Esto ocurre siempre en África tras las colonizaciones, ya que el idioma del colonizador representa el idioma culto u oficial, pero entre ellos, en la familia y en la vida cotidiana, siguen empleando la lengua de sus etnias o un criollo de la  lengua oficial que les sirve para entenderse los de distintas etnias y lenguas.

 Su religión es la católica, dada la influencia portuguesa, y tienen una moneda propia llamada la Dobra, que equivale  a una peseta, más o menos. Su paupérrima economía está basada en el aceite de palma,  café,  cacao,  copra y bananas. Apenas tienen ganado, pesca o petróleo. Hay unos 1.500 coches en todo el país. Sólo se publica un periódico pequeñito y lleno de anuncios.

 Mi comida preferida, además de la papaya, la banana y el mango  que son buenísimos, es el merlín,  pez espada de mucha calidad; mucho mejor que nuestro mediocre emperador, y que te lo hacen a la plancha acompañado de plátano frito. Exquisita la pulpa del fruto del que se obtiene el cacao. También el bizcocho lo hacen muy bien.

 Entre las curiosidades que recuerdo están las siguientes:

 -Para decir buenos días, dicen Bon Día como en catalán.

 -Hay cangrejos muy grandes, tipo centollos pequeños, de tierra y de mar por todas partes, pues a los de mar les gusta estar en tierra.

 -Se ven muchos pájaros diminutos, aunque no colibríes.

 -Hay millones de insectos y billones de hormigas voladoras y no voladoras.

 -La isla parece formada como por 2 ó 3 montañas contiguas (antiguos volcanes) que se deslizan hacia el mar de forma tal que, dada la verticalidad de los taludes de las mismas, no puede construirse carretera alguna, lo que impide recorrerla o circundarla.

 -Todo el mundo lleva algún paquete, palangana o racimo de plátanos en la cabeza y, por supuesto, siempre llevan el machete en una mano.

 -La vegetación es asombrosamente tropical, densa y de  un tono verde oscuro. Abundan las enormes plantaciones de bananas, de palmeras de aceite o de enormes árboles como el Micolo, que no sé cómo se llama en castellano, pero que puede ser una de las muchas especies de boababs. Se ven muchos árboles del pan, secuoyas, cajou, etc. También los árboles de cacao (cacahué), y los arbustos del café, actualmente en plena producción.

- Las pocas carreteras asfaltadas que tienen están llenas de baches y, estos, son tan grandes y llevan tanto tiempo ahí sin arreglar, que ha crecido en ellos una hierba tan alta que resulta fácil reconocerlos y evitarlos.

 -Visité, con un pequeño Jeep, todo cuanto podía recorrerse en la isla. Hice rico a un negrito local, a quien llevé a mi lado como traductor de portugués por 1.000 pesetas al día         .

 -Se ven antiguas y enormes haciendas portuguesas completamente abandonadas.

 -Por la costa es por el único sitio por donde asoma la lava negra de la época de las erupciones.

 -Cómo pájaros, de cierta índole, no he visto ninguno, salvo alguna paloma, aguilucho o cernícalo.

 -Todavía hacen pan con el fruto del árbol del pan.

 -Estuve alojado en un “Hotelito” sin grandes pretensiones.

 -Los volcanes, ahora verdes y cubiertos por una densa vegetación, hacen que esta isla me recuerde las del Pacífico Sur por tener una configuración orográfica similar. La lava se ve en la arena, a veces negra, de las playas.

 -En la capital, Santo Tomé, los únicos edificios decentes son aquellos construidos en la época colonial: las iglesias, los "ministerios", los de ciertas instituciones, etc. Estoy hablando de media docena de edificios, los cuales ni siquiera están restaurados o pintados. Los edificios del resto de la capital están para ser demolidos pues fueron muy pobremente construidos y, además, llevan décadas sin pintar. En cualquier caso, hay una cierta dulzura en sus edificaciones

 -La profunda pobreza en la que se desenvuelven, les da una marcada tristeza y sumisión o resignación. La gente no tiene nada: ni casa, ni ropas para ponerse el domingo, ni ahorros, ni muebles...  no tienen nada de nada. Podrían emigrar desnudos completamente pues no conocen la propiedad de algo con cierto valor.

 -El calor me  ha machacado  bastante estos días  que he estado por aquí. La humedad es altísima y, si te pega el sol entre la una y las tres de la tarde, te puedes quedar frito.  

 -El sol estaba completamente vertical, pero no era debido solamente a que el ecuador pasara exactamente por estas islas, no, es que, además, el sol estaba ahora en febrero, justo encima del ecuador. Era curioso observar que, durante horas, no teníamos sombra. ¡Ni la de nosotros mismos!

 -Las carreteritas discurren por acantilados lo que les da gran belleza, al tiempo que peligrosidad por ser  muy estrechas.

 -Lamentablemente no pude observar ni fotografiar ninguna puesta de sol, ya que éste se pone por el oeste, justamente la zona de la isla que no tiene carreteras. Así, curiosamente, los isleños, jamás pueden disfrutar de una puesta de sol.

 -Reciben algo de turismo: la media es de 5 turistas al día.

 -Las hormigas son tan grandes y tan gordas que no sé que pasaría si me picasen.

 -Coincidió que durante mí estancia por aquí se celebró la festividad de San Pedro (no sé de qué Pedro hablan) y que, para ellos, es el patrón de los marineros y  pescadores.

 -No observé violencia alguna y no hay sensación de peligro para los extranjeros. Todo estaba muy tranquilo.

 Dejé esta encantadora isla en un pequeño avión que, como no disponía de cofres para las maletas o paquetes, el pasillo iba lleno a tope de equipaje, pero sí disponía de toda una fauna de cucarachas y arañas que debían llevar instaladas allí  durante varias generaciones.

 En cualquier caso, no me importaría volver a esta dulce y hospitalaria isla en  la que pasé unos días muy  agradables, rodeado de una olorosa, frondosa y floreada vegetación tropical.

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