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Libia 94

 Abril de 1994

  Encontré el país polvoriento, sucio, maloliente, etc. Cuando vine la primera vez, hace de esto muchos años, era pobre, humilde y sucio. Ahora, tras haber construido algunos edificios con aire occidental que, en la actualidad, están totalmente abandonados, resulta pobre, arrogante, sucia y lo que es peor: decrépita.

 Cuando acaban un edificio no vuelve a ser arreglado o pintado por lo que, finalmente, su aspecto es “cutre” y desolador. Lo mismo ocurre con los coches: viejísimos, llenos de golpes que no han sido reparados, sin pintura, sin puertas, sin ventanas, etc. Las calles están llenas de coches averiados y en los taxis da un cierto asco entrar.

 En el banco te cambian 1 dólar por 0,3 dinares, pero en la calle te dan 3 dinares por 1 dólar, lo que supone 10 veces más…peor aún que los países pobres de nuestro corrupto sistema capitalista. Cada libio recibe del estado 1.000 dólares anuales como complemento o subvención. Todos son funcionarios del estado, de alguna forma. Tienen la enseñanza y la medicina gratuita. La productividad, no incentivada, es similar a la de la antigua URSS, es decir extremadamente baja.

 Lo que no es comprensible es que un país como Libia, con una gigantesca exportación de petróleo y gas y con solamente una población que no llega a los 4 millones, se encuentre en las condiciones que está. Los motivos podrían deberse, en primer lugar, a las inoperantes empresas estatales con bajísimos rendimientos. En segundo lugar, a la necesidad de importar casi la totalidad de sus necesidades, y, en tercer lugar, al elevado costo de su ejército, su espionaje y el apoyo económico a grupos revolucionarios y terroristas- hasta hace poco- fuera de sus fronteras.

 El trabajo, motivo por el que me desplacé a Libia, me duró escasamente 3 horas. Unas vueltas por Trípoli y una comida en un restaurante al estilo libanés, a base de tapas variadas, completó el día. Las calles de Trípoli están repletas de enormes carteles y pinturas de Gadafi. Todo está escrito en árabe salvo las consignas políticas y filosóficas del dictador que van subtituladas en inglés para que se enteren los extranjeros de su “maravilloso” mensaje. Este año se cumple el 25 aniversario de la Revolución Socialista y con este motivo están levantando un edificio de 25 pisos, con aire occidental el que, por cierto, tiene un aspecto horrible.

 En Libia todo es austeridad: ni siquiera existen postales. No se ven europeos ni americanos y los trabajos son realizados por filipinos, hindúes, paquistaníes, etc. que no son más que trabajadores de empresas subsidiarias, en los respectivos países, de otras americanas y europeas. Tienen  ambiciosos planes de regadío que jamás llegan a ejecutar, pero que son muy útiles políticamente ya que dan esperanzas de futuro.

País más bien sahariano que mediterráneo, es un enorme desierto cuatro veces mayor que España, denominado YAMAHIRIYYA o Estado Popular Socialista Árabe de Libia.

 El poder político lo ejerce, teóricamente, el pueblo a través de los comités populares. Por encima de ellos está el Congreso Popular del pueblo, cuyo secretario es Gadafi, quien subió al poder en 1.977 como líder de la revolución. Éste ha tenido problemas con todo el mundo occidental y oriental incluidos sus “hermanos” árabes.

 A lo largo de su historia ha sido dominado por los árabes (antes de que invadieran España), por los turcos, por el Imperio Otomano y, finalmente,  por los italianos hasta 1949. Permitió que los americanos y británicos instalaran sus bases, para que al final Gadafi los echara a todos, incluidos a los extranjeros. 

  Parece como si hubiera querido dar a su pueblo arrogancia en lugar de dignidad. Esa arrogancia de la gente trae consigo su torpeza política que tan cara tiene que pagar.

  Al no poder volar a Libia, por no existir línea aérea en el mundo que vuele a Trípoli, tuve que salir de Malta en un barco libio compartiendo una cabina con mi colega de trabajo: un egipcio llamado Alí Ahman, sucio como él solo, con más aspecto de peón de la construcción que de otra cosa, pero simpático, muy simpático. Lo primero que hicimos fue matar una buena veintena de cucarachas que parecía salían de las paredes a saludarnos. Como él decía: “Nadie nos creerá cuando digamos que hemos venido a Libia de safari”. Más tarde cenamos un trozo de pescado seco con un gomoso puré de patatas y como el alcohol está prohibido y si se te ocurre pedir agua mineral te miran como a un “perro capitalista” pues nada, agua del grifo.

 Por la mañana desembarcamos e hicimos tres horas de cola al sol, sistema que emplean para humillarte y “ablandar” tus humos occidentales. Estando en la cola se me ocurrió hacer una fotografía a la zona portuaria y no quiero recordar lo que pasó. Trascurrido el día en Trípoli, al llegar la noche y querer volver a embarcar hacia Malta, nuevamente problemas con los mismos policías de la mañana: fui detenido, me quitaron la cámara, el carrete que llevaba puesto, el pasaporte…tampoco quiero recordar lo que me hicieron pasar... Finalmente, llegó el día que volví a ver mis cucarachas... pensé que no las volvería a ver más, a la inmundicia del barco y a su encantadora comida. En este caso comí pollo frito en aceite rancio de coco.

 Amaneció el día cuando el ferry se aproximaba a la isla de Malta. Al fin libre.

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