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Cabo Verde 18

 Noviembre de 2018

 Creo que esta es mi cuarta visita a Cabo Verde, antigua colonia portuguesa. Como son muchas las islas, unas llamadas de Barlovento y otras de Sotavento, siempre es necesario hacer más de un viaje para verlas. El primero fue allá por los 80, una estancia muy corta en la isla de Sal, camino de Sudáfrica; el segundo fue en enero de 1997 para hacer las islas de barlovento: Sal, San Vicente, San Antonio, etc. Nuevamente, mi tercer viaje fue en el 2013 para visitar las de sotavento: Santiago, Fogo, Maio, etc.

 En este viaje vuelvo a visitar las de barlovento. En la actualidad, y en esta zona, el turismo ha invadido estas islas y el número de hoteles y establecimientos turísticos se ha multiplicado por cien desde mi visita del 97. Entonces había 4 turistas, 4 hoteles y para de contar. Ahora son cientos los hoteles y cientos de miles los turistas que pasan por aquí en la temporada de invierno.

 Como dato curioso diría que la superficie total de todas las islas que componen este archipiélago de Cabo Verde viene siendo la de nuestra isla de Mallorca. Es más, su población de medio millón de habitantes equivale a casi la mitad de la población de Mallorca. Esta pequeña república, con una divisa llamada escudo y que nadie quiere, tiene una baja renta por habitante que no pasa de 3.000 dólares, la décima parte que la de España. Su esperanza de vida está más de 10 años por debajo de la española. Aunque su idioma oficial sea el portugués, pues fueron colonia portuguesa hasta 1975, lo que realmente hablan es el criollo portugués, que no entienden muy bien ni los propios portugueses cuando vienen aquí. La población siempre desea emigrar, bien sea a Portugal, a Angola o a USA. La capital del archipiélago es Praia, en las islas de sotavento y  tiene unos 150 mil habitantes.

 Siguen adorando sus “mornas”, especie de fados melancólicos o pegajosos, y que tras la desaparición de su heroína Cesárea Évora, nacida en la isla de San Antonio, han aparecido otras cantantes como Celina Pereira que han continuado con esa música. Como yo siempre tomo café cortado, he aprendido a decirlo en su idioma: “pringado”. Puede que todos sean católicos, en teoría, pero creo que hay bastantes animistas.

 La entrada principal de divisas proviene de los envíos de dinero que hacen los muchos miles de emigrantes que tienen esparcidos por Europa, otra entrada importante es la del alquiler de sus aguas a compañías extranjeras de pesca y, por último, los ingresos por turismo que están siendo ahora muy considerables. Tienen mucho bonito y mucha langosta, aunque posiblemente no sean tan buenos como los de aguas más frías.

 En invierno las temperaturas no llegan a ser altas y además el calor de aquí es muy seco y suele haber una agradable brisa del mar. No hay que olvidar que, precisamente, los alisios sirvieron a los portugueses para saltar desde aquí a Brasil hace más de 500 años. Se limitaban a poner popa al viento y seguir el paralelo. Lo mismo que hizo Colón desde nuestras Canarias. La navegación era sencilla, pero en cualquier caso tenían que tener mucho valor para lanzarse a la aventura. No cabe duda de que la mejor fruta del archipiélago es la papaya que, tomada con unas gotas de limón por encima, resulta un verdadero placer. He visitado mercados públicos de verduras y frutas, de ropa y muebles, de zapatos, etc. pero no he visto nada que pudiera tener interés para nosotros.

 La gasolina, carísima para ellos, cuesta 1,20 euros el litro precio que, dado su bajísimo nivel de vida, equivaldría a pagar en España 8 euros el litro. Su salario mínimo es solo de 130 euros. He comido pescados como el garuda, que se parece al mero, al igual que otros de roca; también el bacalao grillado o su excelente caballa. Igualmente, su potaje típico llamado cachupa compuesto por garbanzos, trozos de pescado y pollo.

 En general, el caboverdiano es un negro de complexión delgada, con piernas también delgadas, parecidas a las de los corredores etíopes. En el caso de ellas, también delgadas, empiezan a parecerse a las negras caribeñas. Los perros, a miles, deambulan sueltos por las calles. Apenas se ven perros con dueño y, por otra parte, casi todos pertenecen a la misma familia, color y raza… la de “chuchus vulgaris”.

 ISLADE SAL. En los últimos años el desarrollo turístico de estas islas de barlovento ha sido importante. Ahora, en esta isla de unos 20 mil habitantes y unida por la situación de su aeropuerto a las islas de barlovento, hay grandes cadenas hoteleras tipo Ríu, con enormes complejos. Plana y totalmente desértica, su superficie no llega a la mitad de la isla de Ibiza. Los mencionados complejos hoteleros han dado riqueza a esta isla proporcionando trabajo a sus humildes habitantes.

 La población está concentrada en la pequeña capital llamada Santa María, de la que puede decirse que vale muy poco, a pesar de la mejora experimentada en los últimos 20 años que he estado ausente. Los habitantes nativos, delgaditos y sin gran empuje comercial, son desbordados por los senegaleses y los chinos que vienen por aquí a vender y negociar con mucha más “sabiduría”. La isla no tiene nada que visitar salvo sus hermosas y largas playas de fina arena blanca y unas salinas de no mucho interés.

 El antiguo pantalán, construido a base de tablones, y que ya había recorrido en viajes anteriores, es una visita obligada para el turista. A su pie amarran las pequeñas barcas de pesca locales, con un simple motor fueraborda, cargadas de pescado y, sobre el mismo pantalán, las pescaderas lo ponen a la venta tras seleccionarlo, quitarles la cabeza y las espinas, y cortarlo en pequeños trozos. Además de pescado de roca venden también atunes que, si bien son hermosos de tamaño, no tienen el sabor de los del Atlántico Norte y que son los que habitualmente comemos en España. De tarde en tarde pescan el codiciado marlín, para nosotros el pez espada. Por cierto, el café siempre es bueno o muy bueno, consecuencia de los años que fue colonia portuguesa. Tomé algunas caipiriñas y piñas coladas durante mi estancia en esta isla.

 ISLADE SAN VICENTE. Es más pequeña que las islas vecinas, pero es la más poblada, con 75 mil habitantes. Tiene mucha actividad turística y una zona portuaria muy agradable y activa. Los nativos son muy comunicativos y conversadores, pero no parecen muy trabajadores sino más bien algo indolentes.

 Aunque haga un día soleado, las cumbres de las montañas suelen estar cubiertas por nubes. Es preciso alquilar un coche para recorrer la isla y llegar a sus cumbres. Son visitas turísticas obligadas: la Bahía Das Gatas, la playa de Salamansa, el Monte Verde y el pueblo de Calhau, para así tener una idea más completa de la isla. Es muy montañosa pero nunca tanto como la de Santo Antao, San Antonio. Pasada la Terminal Marítima hay una hermosa y tranquila playa de arenas blancas llamada Laginha cuya visita es también obligada. Hay bastantes kilómetros de carreteras construidas con adoquines de piedra. Es, sin lugar a duda, la isla más activa y de más alto nivel de vida de todas las comprendidas en el grupo de barlovento. De hecho, su puerto tiene una gran actividad comercial.

 Son tan respetuosos con la muerte, que sus humildes cementerios están tan limpios, tan floreados y tan ordenados que resulta un placer visitarlos. Se vende pescado puesto en carretillas por toda la ciudad, sin hielo y sin cubrir, bajo un sol que aprieta.

 Hay bastantes rastas con estilo y boina que emulan a Bob Marley. En la población domina principalmente el mulato y los negros ocupan los puestos de trabajo más bajos. Comí aceptablemente en los restaurantes típicos llamados Nautilus y Le Goût  Grills, justamente frente a la Torre de Belem.

 ISLA DE SAN ANTONIO (SANTO ANTAO). Un día, y muy temprano, tomé un transbordador en el puerto de Mindelo, isla de San Vicente, y crucé en él hasta la pequeña población de Porto Novo en la costa de la isla de Santo Antao, San Antonio. Es la isla más verde y volcánica de todas las que conforman el país. Realmente no es debido a la lluvia sino a las nubes y nieblas en los altos de las montañas. Hay fuentes cuyas aguas son conducidas por canales y repartida por las zonas fértiles de la isla. Repetí así lo que hice hace un par de décadas: alquilar por un día entero un vehículo con un chofer local por el precio de 60 euros. Comenzamos a atravesar, de costa a costa, la montañosa y agreste isla pasando por Faja de Cima y Corda y llegar al pequeño pueblo pesquero del otro lado de la isla llamado Ribera Grande, su capital. En su mini-puerto solo hay 8 barquitas muy pequeñas dotadas de un simple motor fueraborda. Curiosamente, cuando una de ellas regresa de pescar son todos los marineros los que, echando pie a tierra, arrastran la embarcación para ponerla fuera del agua y así protegerla del oleaje.

 Esta isla, de superficie equivalente a la de Menorca, solo tiene 27 mil habitantes. Sus carreteras, empedradas con adoquines, están bien construidas y muy bien compactadas y el paisaje, salpicado de millones de acacias, es extremadamente montañoso; valles con bananos, caña de azúcar, gigantescos mangos, papayas, muchos árboles del pan, cocoteros, etc. Entre las plantaciones aparecen típicas cabañas de campesinos. En los pequeños y humildes pueblos de la isla, las viviendas están construidas con bloques de hormigón que no revisten de mortero porque llueve muy poco. La caña de azúcar presenta una espiga blanca y esponjosa que jamás había visto en cuantas plantaciones había visitado anteriormente.

 Después regresamos bordeando la costa oriental, deteniéndonos en el fértil Valle de Paúl. Por supuesto, compré una pequeña botella de grogue que bebí, junto con mi pareja Charo que me acompañó en el viaje, a base de múltiples y sabrosos chupitos.

 Hasta otra.

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